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Los políticos y el ciudadano pensante

Preocupa la escasa responsabilidad con la que nuestros partidos y líderes políticos están preparando el ambiente previo a los eventos electorales de 2014 y 2015. Todavía no se escuchan propuestas serias en torno a los problemas nacionales más acuciantes, pero ya la atmósfera está cargada de ataques, maledicencias y conjuras. Con el preámbulo que estamos viviendo, nada cuesta imaginar la tensión que contaminará nuestro aire en el trimestre inmediatamente anterior a los comicios presidenciales.

En esta oportunidad, sin embargo, la sociedad civil organizada está llamada a jugar un papel de mayor incidencia ante el océano revuelto de la política nacional. Se anuncia ya que ciertos malos liderazgos harán lo que esté a su alcance para impedir que los ciudadanos hagamos valer nuestro derecho a una campaña de altura, pero incluso a ellos no les quedará otra que aceptar lo que desde hace más de dos años viene siendo una feliz realidad: la sociedad salvadoreña ha cambiado. Y lo ha hecho en grado superlativo, adelantándose en varios años a sus élites políticas.

El criterio con que un ciudadano de hoy evalúa las ofertas electorales, sean del signo que sean, dista mucho de las formas, más bien primarias y emocionales, con que un ciudadano de finales de los ochenta elegía a sus candidatos favoritos. Ni el jingle pegajoso ni el slogan publicitario, ni la repartición indiscriminada de material propagandístico, sirven ya para colocar a un candidato desprovisto de ideas en la cresta de la ola. El respeto a la inteligencia de los votantes incluye ahora maneras más sutiles de convencimiento, empezando por la renovación real de los pensamientos, la apuesta vigorosa por nuevos liderazgos y la elaboración de planes gubernamentales con tren de aterrizaje.

Además del reconocimiento de los méritos personales que un candidato pueda despertar en los electores, las encuestas están indicando que existe un creciente número de ciudadanos dispuestos a tomarse en serio otros patrones de medición, tales como la plataforma de gobierno, la capacidad de convocatoria del líder, la honestidad de su trayectoria, la coherencia con que defiende sus ideas, la credibilidad de la gente que le acompaña en sus esfuerzos, etc.

En un excelente manual de la Fundación Konrad Adenauer sobre campañas políticas exitosas, un especialista en el tema, el argentino Jorge Dell Oro, lo sintetiza así: "Las estrategias de comunicación política parten de la base de que los votantes tienen un ideal y que eligen al candidato que más se acerca a ese ideal. Esta posibilidad de que los candidatos tengan que medirse con un ideal nos da una idea de por qué muchos ciudadanos acaban defraudados".

En efecto, las expectativas políticas del electorado parecen estarse fundamentando, antes que en la cantidad de promesas que haga, en la integridad que consigue transmitir un candidato. Si la oferta electoral se escucha bien, pero dista considerablemente de la actuación que haya tenido el mismo personaje que la difunde, los votantes tienen hoy mayores niveles de información y retroalimentación para descubrir la incoherencia. Y con esto en mente deciden a quién rechazan y a quién le otorgan finalmente su voto.

Aunque las redes sociales han democratizado el ejercicio de la libre opinión, también se están viendo copadas por grupos a sueldo cuyo principal objetivo es fortalecer, desde el conveniente anonimato, la imagen de ciertos candidatos, aunque para ello sea necesario recurrir a las descalificaciones de cantina y a la propagación de calumnias contra quienes opinen distinto. Al ciudadano pensante, sin embargo, estas tácticas le causan repulsión.

Ya no es tan fácil construir mensajes efectivos sobre plataformas débiles, de la misma manera que está resultando cada vez más complicado edificar imágenes creíbles sobre virtudes inexistentes, o, peor, sobre defectos evidentes. La próxima campaña electoral servirá para que los liderazgos nacionales prueben qué tan dispuestos están a permitir que la sociedad les evalúe y les exija.