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Los pies de barro

Esta semana ha sido testigo de la declinación de dos ídolos latinoamericanos de la primera década del Siglo XXI. Una fue la derrota electoral de Cristina Kirchner, que presagia la terminación de su dinastía en Argentina. La otra fue la quiebra de la empresa GCX de Brasil y la drástica reducción de la riqueza de Elke Batista, su principal dueño y gerente.

Estos dos ídolos tenían cosas muy importantes en común. Ambos tuvieron su momento de gloria. La Kirchner lo tuvo como miembro de un dueto matrimonial que controló la política argentina por diez largos años, en la mayor parte de los cuales Argentina creció mucho más que lo que había crecido en décadas anteriores.

Batista tuvo su gloria como el símbolo de un nuevo empresariado latinoamericano, que se proyectaba al mundo con una vitalidad que no se veía en muchos países desarrollados. De no tener nada algunos años antes, para marzo de 2012 su fortuna se estimaba en 34,500 millones de dólares, lo que, de acuerdo al Financial Times, lo convertía en el séptimo hombre más rico del mundo.

Pero la fatalidad hizo que ambos también tuvieran los pies de barro, y, más aún, que el barro proviniera de la misma fuente: el boom de productos primarios de los últimos diez años. Ese boom elevó enormemente los precios de esos productos, y generó un crecimiento enorme en las exportaciones y la producción de muchos países latinoamericanos, incluyendo Argentina y Brasil, engañando a mucha gente que llegó a creer que el extraordinario crecimiento se debía a que las políticas económicas de los gobiernos y las habilidades de los gerentes latinoamericanos eran excelentes, mucho mejores que las de los países desarrollados.

Los Kirchner extrajeron grandes réditos políticos de la equivocada percepción que los pintaba como genios del desarrollo económico. Batista extrajo enormes beneficios económicos de la equivocada percepción que sus empresas estaban muy bien manejadas. Él vendió acciones y bonos en los mercados internacionales y llegó a ser enormemente rico a pesar de que hasta ese momento su empresa principal, OGX, no había producido nada sino que exploraba petróleo y gas y prometía extraer grandes cantidades de combustibles en los pozos que identificara.

Con el pasar de los años el barro de los pies de los ídolos se manifestó claramente. En el caso de la Kirchner, los gastos del gobierno excedieron el potencial de crecimiento del boom, llevando al país a altas tasas de devaluación e inflación, que eventualmente llevaron a menores tasas de crecimiento de la economía. Este problema se empeoró este año, en el que los precios de los productos primarios han comenzado a caer. La popularidad de la Kirchner está cayendo mientras la economía se va sumiendo en una crisis cada vez mayor.

Batista había prometido tener en operación cuatro campos de petróleo y gas para esta fecha. El primero de ellos lo tuvo que cerrar a principios de este año. En los últimos días antes de su bancarrota estaba tratando de poner en operación otro, que en vez de los prometidos 285 millones de barriles de crudo ahora se estima que tiene sólo 87.9 millones, y que de que los tenga la probabilidad es sólo de 50 por ciento. De los otros ya ni se habla. Al quebrar Batista causa enormes pérdidas a sus accionistas y deja sin pagar 3,600 millones de dólares en bonos, lo que lo convierte en la quiebra más grande de la historia latinoamericana.

Los dos ídolos comparten una característica más profunda. Son manifestaciones de esa sed de milagros que tenemos los latinoamericanos, que queremos llegar al desarrollo sin tener que pagar el precio en educación y trabajo que éste requiere. En última instancia, esa eterna sed nos lleva a grandes fracasos y a ese estancamiento que es tan típico de nuestra región.

*Máster en Economía,

Northwestern University.

Columnista de El Diario de Hoy.