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Los periodistas informan de sucesos, no los fabrican

En el interior de los periódicos hay diálogo, debate e incluso discusión, y es normal, entre otras cosas porque convertir los hechos en información noticiosa es complejo y delicado; contar la realidad implica mezclar actitudes propias de los individuos que interactúan no solo entre ellos, sino también con la sociedad.

Por muy simple que sea el hecho, siempre hay una maraña de sentimientos, intenciones, racionalismos, propios de los seres humanos, que deben ser desenredados por un periodista para poder contar el suceso. Un leve accidente de tránsito involucra a dos o más personas, donde una y otra parte aseguran tener razones o sentimientos que convierten el hecho en un acontecimiento que requiere de la participación de un tercero, como pude ser la policía. Contar esto, sin un método, sin el debido proceso informativo y aplicación de la ética que todo periodista debe poseer, puede llevar a interpretaciones totalmente alejadas a los acontecimientos, incluso a tergiversar lo ocurrido.

Ahora bien, sí se trata de cuestiones más complejas, donde interviene el poder, en sus múltiples dimensiones, donde las instituciones están de por medio y las fuerzas políticas o económicas toman parte en los hechos, hacer información es todavía más difícil. Se requiere poseer, además de las herramientas básicas del periodismo, principios éticos claros y definidos, metodología mucho más sofisticada que permita separar la maleza del trigo con la intención de reconstruir la realidad y contarla. Es probable que no será toda la realidad, ni mucho menos toda la verdad, pero son pinceladas que la población, que los lectores toman en cuenta para entender, de mejor manera, lo que sucede a su alrededor.

Hacer información noticiosa sobre la violencia, en un país sumamente violento como el nuestro, o tratar el tema del Sitramss, en el país de la improvisación y la politiquería, es todavía más complejo y delicado; permítanme señalar un par de cuestiones en este contexto.

Uno, los medios de comunicación son eso, medios, especie de vehículos, y en cuanto tal, su principal labor es trasladar información, dar cuenta de los hechos que permitan a los lectores, al público, tener más y mejores elementos de juicio para entender su entorno. Los medios informativos tienen como principal tarea hilvanar los hechos dispersos propios de la realidad, para dárselos a sus audiencias y que estas puedan no solo conocer, sino, además, interpretar lo que sucede.

Bajo esta lógica, los medios no fabrican ni malas ni buenas noticias, simplemente hacen información noticiosa veraz, ecuánime, independiente. Las noticias surgen a partir de los hechos de la realidad y deben ser contadas al público de la manera más objetiva posible.

Dos, los medios de comunicación, instituciones fundamentales en la creación, fortalecimiento y control de la democracia, tienen un par de claras dimensiones: por un lado, ser el espacio propio para el debate y la discusión de las distintas posiciones y maneras de pensar y expresarse de los actores de una sociedad, y, por otro, tan importante como lo anterior, es vigilar, supervisar, fiscalizar y calibrar el poder. El poder que ejercen los grupos sociales que, al interactuar, mueven a la sociedad.

Esta segunda dimensión, al igual que la primera, explica por qué el ejercicio profesional del periodismo, de la labor informativa, no es negociable ni debe formar parte de ninguna negociación con actores de la sociedad, incluso cuando se trate de actuaciones loables como es la caridad y la solidaridad o gestiones políticas como lo es la seguridad ciudadana.

Es muy fácil perderse en estos principios, sobre todo cuando ponemos a los periodistas en mesas de diálogo, en mesas de discusión sobre estrategias, en mesas en las que se quieren generar agendas políticas o económicas, incluso sobre seguridad y de combate a la delincuencia.

Cuando se hace esto, peligra la esencia fundamental del periodismo y de los medios informativos en general: su razón de ser es informar, ser espacios de diálogo y discusión y fiscalizadores del poder. De lo contrario corren el riesgo de convertirse en actores interesados que defienden o atacan, justifican o ignoran o simplemente dejan de percibir los hechos que afectan, de una u otra manera, a la sociedad.

¡Esto es peligroso para una democracia!

*Editor Jefe de El Diario de Hoy.

ricardo.chacon@eldiariodehoy.com