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Los ojos del mundo están en Roma

Problemas en Croacia, protestas en Venezuela, pandillas en El Salvador, que lejos de disminuir, parecen aumentar cada día. Pero hoy, los ojos del mundo entero están en Roma, con los miles de peregrinos allá congregados desde todos los lugares del mundo, para ser testigos de un acontecimiento difícil de comprender para tantos soberbios que presumen de escépticos y sabios.

La Iglesia Católica, por medio del Vicario de Cristo, el Papa Francisco, declarará formalmente como santos a dos de sus antecesores en el ministerio petrino, que durante sus años en la tierra, cumplieron a cabalidad con el papel que Dios les había asignado, lo que sólo se puede lograr, mediante la vivencia heroica de las virtudes, cada uno según su propia personalidad y en la etapa que le tocó vivir cumpliendo siempre la voluntad de Dios.

Juan XXIII, anciano, de origen campesino, calificado tras su elección como un pontífice de transición, pero sorprendió al mundo convocando al Concilio Vaticano II que debía traer esa ola de transformación y rejuvenecimiento a la Iglesia. Había sido Patriarca de Venecia, servido como diplomático en delicadas misiones de la Iglesia, durante los años posteriores a la Primera Guerra Mundial, en los países del Este de Europa. Y durante la Segunda Guerra, como Nuncio Apostólico en París.

Entre las muchas anécdotas que se cuentan de su gestión diplomática, se sabe que su tacto, prudencia y capacidad de persuasión, le convertían en la persona idónea para resolver serias diferencias entre los representantes de las naciones en conflicto, los cuales siempre terminaban de manera satisfactoria. Esto llamó la curiosidad de un periodista, quien le entrevistó para averiguar su secreto, el sistema seguido para lograr mediaciones tan exitosas. Con su bondadosa sonrisa, el entonces Cardenal Roncalli respondió: "Tengo un cómplice: mi Ángel de la Guarda. Siempre antes del diálogo, le pido que se ponga de acuerdo con el Ángel de mi interlocutor, para que me ayude en la gestión. Y como la mayoría de las veces ese otro ángel ha estado muy desocupado, porque hasta se desconoce su existencia, gustosamente se convierte en mi mejor aliado". Una fe enorme, en un hombre grande, que por haberse hecho como un niño, ha entrado por la puerta ancha en el Reino de los Cielos.

La elección de Karol Woytila estuvo rodeada de gran expectación después del brevísimo pontificado de Juan Pablo I, y por el hecho de ser el primer papa, no italiano, y procedente de un país de Centro Europa. Cardenal joven, lleno de vitalidad y entusiasmo, que desbordaba simpatía, pero cuya profunda piedad, amor a la Santísima Virgen y su fuerte apoyo a la familia en su Polonia natal, marcaban la pauta que seguiría durante su largo pontificado. Recorrió el mundo entero, saturó los medios de comunicación, practicó deportes, "el Papa debe tener buena salud", respondió a unos niños en una parroquia de Roma. Y como peregrino, visitó cientos de santuarios marianos, donde con su rosario en la mano, imploraba la protección de Aquella en quien él se apoyaba, según el lema que eligió en su escudo: Todo tuyo.

¡Qué ejemplo para el convulsionado mundo del Siglo XXI nos propone la Santa Madre Iglesia! Festejemos que estos dos hermanos nuestros, han llegado a la meta, a la que todos los bautizados debemos aspirar. Llegar al cielo, siendo nuestras herramientas para lograr la santidad, el fiel cumplimiento de nuestro trabajo profesional, cumpliendo con la mayor perfección posible, el pequeño deber de cada día. Sólo así construiremos un mundo mejor.

*Columnista de El Diario de Hoy.