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Los lentes quebrados

Tengo miopía desde los quince años, más o menos. Es por eso que, por gran parte de mi vida, no sólo me he acostumbrado a mi siempre fiel par de lentes sino que también he comprendido la importancia de su buen y constante uso y de su meticuloso cuidado.

He pasado, también, por períodos en que uno de los dos lentes no funciona de la manera correcta y aunque el ojo que mira bien pretende compensar lo que el otro no capta, termina capturando una imagen incompleta, distorsionada y falaz de la realidad.

Cuando se ha quebrado un lente es necesario reemplazarlo y mientras eso no suceda, es justo reconocer que no se está viendo la realidad como un todo sino como un relato incompleto. Pero, ¿qué sucede cuando el lente se quiebra de forma deliberada? ¿Qué pasa cuando nos negamos a ver todos los lados de una historia? Peor aún, ¿qué pasa cuando sabiendo que nuestra visión es limitada, pregonamos conocer el relato completo y lo disfrazamos de verdad?

El fin de semana pasado, tuve la oportunidad de conocer en una conferencia al ampliamente galardonado cineasta Oliver Stone. En esta, el director de grandes piezas como JFK, Nixon o Natural Born Killers, denunciaba los abusos "casi imperiales" de los Estados Unidos y su guerra sin declaración en Medio Oriente.

Con fuerza y claridad, Stone criticaba el desconocimiento de la Constitución por parte de las autoridades que han sostenido este conflicto y condenaba actitudes dictatoriales presentes durante los últimos años en los Estados Unidos. Un lente de Stone estaba funcionando bien.

No fue sino hasta que un joven le preguntó por qué censuraba abusos de un lado (de los Estados Unidos) pero avalaba y aplaudía regímenes dictatoriales al "Sur de la frontera" que la situación de Stone quedó al descubierto. Ese segundo lente, que le permitiría ver los abusos que también cometen sus amiguitos del sur, lo tenía completamente quebrado.

Si bien es preocupante que Stone tenga una perspectiva irreal y fantasiosa de la situación actual de nuestro continente, no es una situación tan grave para él. Cualquiera puede quejarse de la injusticia desde una mansión en Malibú o compartir consignas contra la desigualdad desde un iPad última generación. Al final, no sentirá los abusos del poder de una forma directa y puede ser un cómodo espectador, desde muy lejos, de las escenas dictatoriales.

El problema surge cuando nosotros, los mayormente afectados por los abusos que cometen izquierdas y derechas, nos negamos a entender que somos víctimas (en gran parte por nuestra complicidad, claramente) de ideas que superponen al Estado sobre el individuo, ya sea por medio de legislar la moral y limitar los ámbitos de decisión personal o por medio de controlar el fruto del trabajo de cada quien, su propiedad privada.

La consistencia es sinónimo de una visión veinte-veinte. Implica poder denunciar abusos del lado que sea y celebrar avances sin importar quien los propone. Esta consistencia podrá no ser popular por momentos o cerrarnos puertas a un jugoso puesto en la maquinaria del Estado, pero nos comprará dignidad, credibilidad y honestidad intelectual.

Por otro lado, los lentes parcialmente quebrados y el deliberado desconocimiento de parte de la realidad nos acomodan a vivir dentro de lugares comunes y de medias verdades muy convenientes. A pesar del acceso directo a atractivos contratos y beneficios mientras el amigo político esté en su puesto, es indigno pensar en una vida donde el éxito depende de quedar bien, por ilusas o absurdas que sean las mentiras que se habrá de repetir.

Afortunadamente, tengo miopía desde los quince años y esto me ha permitido entender lo vergonzosa que es la charlatanería de aquellos que afirman tener la verdad cuando, mes a mes, un cheque les obliga a seguir empañando su lente.

*Colaborador de El Diario de Hoy.