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Los hombres tenemos derecho a la grandeza

Hoy día abundan los seres humanos, ellas y ellos, que no encuentran otro sentido a su vida que tener más cosas cada vez, lo que apetece, lo más cómodo y, si se es ambicioso, tener éxito y poder social. Bastaría que leyeran o vieran qué pasa a muchos famosos que tienen todo eso: necesitan asistencia psiquiátrica, tomar antidepresivos, son adictos al alcohol, a las drogas por el vacío de sus vidas…y muchos mueren por sobredosis o por suicidio.

Cuando una persona no ha descubierto su dignidad espiritual ni la finalidad auténtica de su vida, es un enfermo grave que tampoco la encuentra en los demás, es partidario del aborto y si tiene hijos los educa en la permisividad o en la hostilidad y esos niños caerán en la misma ausencia de humanidad o irán más allá: a la rebeldía contra lo civilizado. Ejemplo: los jóvenes europeos y norteamericanos que sin ser musulmanes se afilian al terrorismo islámico.

Todos esos van conformando un ambiente de egoísmo, de insolidaridad y de ceguera para todo lo espiritual que empequeñece y empobrece la sociedad cada vez más. El cardenal Ratzinger, en su lúcido libro Cooperadores de la verdad afirma que "el empobrecimiento del ser humano es tanto mayor cuanto más compulsivamente quiere defender su vida pequeña y exigir todo de ella sin renunciar a nada. La permisividad no es expresión de generosidad, sino una forma de egoísmo que priva a los demás de lo decisivo: del don del amor que sólo la vida puede enseñar: Por eso no puedo por menos de gritar a los jóvenes: ¡no creáis a los profetas de la permisividad! ¡No confiéis en quienes día tras día venden el hombre convirtiendo su cuerpo en mercancía! ¡No deis crédito a aquellos que caricaturizan la fe y la entienden como jardín de las prohibiciones y la obediencia, como pusilanimidad! ¡No prestéis oídos a quienes ofrecen la comodidad como libertad y la desorientación como felicidad! El hombre tiene derecho a la grandeza."

¿Cuál es nuestra grandeza? Lo vengo diciendo en anteriores artículos: es un desarrollo progresivo de nuestro espíritu, que no es nuestra psique ni nuestro cerebro, sino algo más, eso que nos diferencia y eleva radicalmente del resto de los seres vivos incluyendo antropoides y homínidos. Es algo dado desde la vida embrionaria pero, al igual que la corporeidad y la inteligencia, debe crecer y desarrollarse. El espíritu es el que nos hace percibir la belleza en la música excelsa, en las bellas artes, en la naturaleza, es el que nos mueve a la bondad y sus obligaciones morales, el que nos da el sentido auténtico de la libertad y de la finalidad de la vida que siempre deben trabajar en beneficio de los demás, y sobre todo el que nos da el sentido de lo divino más o menos acertado pero que nunca debe faltar.

Einstein dijo una vez: la inclinación religiosa yace en la tenue conciencia que mora en los hombres de que toda la naturaleza, incluidos los humanos, no es un juego accidental sino un resultado de la ley de que hay una causa fundamental a toda la existencia.. Y en otra ocasión insistió en que su religión consiste en una humilde admiración del ilimitado espíritu superior que se revela en los más pequeños detalles que podemos percibir con nuestra frágil y débil mente. La más bella y profunda emoción que nos es dado sentir es la sensación de lo místico. Ella es la que genera toda verdadera ciencia. El hombre que desconoce esa emoción, que es incapaz de maravillarse y sentir el encanto y el asombro, está prácticamente muerto.

Y eso es lo terrible: que vivimos rodeados de vivos que están muertos. Nunca han desarrollado su espíritu y es Dios quien nos lo dio. Los hombres tenemos el derecho y el deber de engrandecerlo. Dios espera de nosotros esa grandeza nuestra.

*Dr. en Medicina.

Columnista de El Diario de Hoy.

luchofcuervo@gmail.com