Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

Los funcionarios de la fábrica de mentiras

Las autoridades deben de dejar de dedicarse a la fabricación de discursos y versiones mentirosas en beneficio del oficialismo, y enfrentar decididamente la crisis delictual

Durante las últimas semanas, se ha registrado un atípico y preocupante incremento en la cantidad de homicidios perpetrados en contra de familiares de policías. Ha trascendido, además, que esta tendencia en las agresiones letales no es aleatoria, sino el resultado de una directriz girada por las estructuras de mando pandilleras desde el interior de los centros penitenciarios. El objetivo específico detrás de la condenable orden no ha sido fundamentado inequívocamente, pero puede enmarcarse dentro de la permanente calibración de posiciones en la interacción extorsiva entre las pandillas y el Estado, iniciada durante la gestión de Mauricio Funes.
 
La amplia distribución geográfica de los incidentes y su concentración temporal, devela la capacidad de los grupos pandilleros para difundir y adherirse a instrucciones. Muestra la efectividad del relativamente sofisticado andamiaje organizativo y estructural de dichas agrupaciones, que les permite actuar de forma colectiva para la consecución de un fin común. 

El discurso público de las autoridades argumenta que las medidas adoptadas por las instituciones del aparato de seguridad han causado un colapso de la estructura de mando pandillera, propiciando luchas internas entre cabecillas por acaparar el control de unidades organizativas a diferentes niveles dentro de la estructura criminal. No obstante, el nivel de coordinación comprobado a través de la amplia subordinación a la orden girada por mandos encarcelados, sugiere que persiste un entarimado robusto que permite a las estructuras delictuales pandilleras definir objetivos comunes y actuar conjuntamente para alcanzarlos.

Indudablemente existen casos en los que hay sanguinarias luchas de poder. Estas son comunes y permanentes en organizaciones criminales menos sofisticadas, en las que los mandos no son capaces de asegurar la lealtad de sus subordinados y orientar los actos violentos de su agrupación hacia amenazas externas, reales o percibidas. Este tipo de estructuras delictuales se caracteriza por siempre (y no esporádicamente) registrar más incidentes violentos entre miembros del mismo grupo y, lógicamente, poca capacidad para coordinar la acción colectiva de sus miembros.
 
El que distintas clicas hayan adoptado la instrucción de atacar a familiares de policías y que los homicidios entre miembros de las misma pandilla obedezcan episodios temporales, como lo sugiere información revelada por funcionarios del aparato de seguridad, indica que este no es el caso de las pandillas que operan en el país y, por lo tanto, evidencia una inconsistencia en las explicaciones oficiales sobre el incremento en la cantidad de homicidios en general. 

Los funcionarios que han desfilado en esos puestos tan sensibles al frente de instituciones de seguridad se han especializado y, en muchos casos, dedicado exclusivamente a manipular información y fabricar realidades ficticias a su conveniencia, para esconder problemas y, de esa forma, adoptando posiciones cobardes ante situaciones que requieren de valentía y temple. La vida de los policías, por ejemplo, desde hace ratos lo utilizaron como moneda de cambio en la negociación con la estructura de mando pandillera. 

Desde hace meses se convirtió en algo común escuchar entre agentes y mandos del nivel básico sobre compañeros que se vieron obligados a mudarse con sus familias a otros lugares, huyendo a amenazas en contra de ellos o sus parientes. En varias ocasiones he discutido el tema en este y otros espacios de opinión. Decenas de policías han muerto como consecuencia de la falta de atención adecuada del Estado, que prefiere crear historias para justificar la incapacidad de sus funcionarios. Lógicamente, era cuestión de tiempo para que las agresiones en contra de policías se extendieran a sus familiares. Las experiencias en otros países indican que la amenaza se seguirá propagando hasta que alcance al sector político. Lastimosamente, para ese entonces, el problema será aún más grave y difícil de controlar. Las autoridades deben de dejar de dedicarse a la fabricación de discursos y versiones mentirosas en beneficio del oficialismo, y enfrentar decididamente la crisis delictual en beneficio de la ciudadanía a la que se deben.

  
*Criminólogo
@cponce_sv