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Los frutos de la débil institucionalidad

Amargos, así son los frutos de ese temible árbol de la débil institucionalidad, de la falta de cordura, de la falta de sentido común, del cinismo, de la falta de voluntad política y del abuso del poder.

La actual oposición ha tenido que comer a manos llenas de estos frutos que en el pasado cayeron de su árbol, ahora, con un gran pesar, le toca recogerlos junto al árbol del poder que reside en un partido político que con aires totalitaristas, que a modo de agravante prometió "el cambio", y que trata de perpetuarse en el poder y hacer suya la finca de la institucionalidad de este país.

Como sectores empresariales, académicos, ciudadanía, empleados públicos y privados, cooperación, entre otros, debemos evitar caer en la trampa de rasgarnos las vestiduras por un comportamiento que si no se corrige como debe ser, en cinco años más estaremos viendo la misma película, el partido de turno en el gobierno, en nombre de "rescatar el país", se valdrá del poder que le brinda el Ejecutivo para negociar a su conveniencia la presidencia de la Asamblea Legislativa, dejando a la otra gran masa de personas que se ven representadas en los partidos de oposición con la misma sensación que tienen muchos ahora: abuso de poder.

Rasgarnos las vestiduras es poner el dedo sobre la llaga equivocada, es jugar el juego que los partidos políticos quieren que juguemos: a dividirnos, pensar que el país saldrá adelante mientras se desarrolla la función del circo que nos tienen acostumbrados a ver.

Donde debemos presionar como sectores vivos del país, y en especial las instituciones que movilizan la opinión pública referente a los temas de democracia y transparencia, es en el sentido de los que mismos partidos políticos asuman su responsabilidad de regular un punto, tan espinoso como absurdo, de no tener criterios claros, objetivos y verificables regulados explícitamente en alguna normativa para designar al presidente de la Asamblea Legislativa.

Se habla de "proporcionalidad" y acuerdos políticos, ambas se prestan a interpretaciones subjetivas y a obscuras negociaciones que recaerán en la mayoría de los casos en la voluntad de las cúpulas de los partidos, o en el peor de los casos, en la voluntad de diputados envalentonados con deseos de poder y venganza para asumir una posición privilegiada para detentar el poder que no le puede dar ni su inteligencia ni su personalidad ni sus valores éticos y morales.

Quejarnos porque el partido de gobierno ha dejado fuera a la primer fuerza política del país de acuerdo con los resultados de la última elección popular es seguir patinando en el mismo lugar, es ponerle abono al temible árbol de la débil institucionalidad y a la tensión política que nos tiene técnicamente regresando en el tiempo a las condiciones previas al conflicto armado a finales de los años Setenta.

Regular, palabra que no es de muy agradable para muchas personas, pero tan necesaria en los momentos en que hay que aceptar que no se tiene la posición ganadora, cuando se está del lado del equipo de fútbol visitante y con diez jugadores. No se puede dejar que las principales dinámicas de desarrollo político que impactan significativamente en la vida del país caigan en la interpretación subjetiva de los negociadores de turno que acostumbran a negociar principios y valores, que ponen al centro, casi siempre, aquel sentimiento de dar como premio los puestos claves, como la presidencia de la Asamblea, a las personas más capaces para dividir, polarizar políticamente y sembrar los frutos amargos de la débil institucionalidad.

*Economista. @marlonmanzano_