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Los centavos de la viuda

En el Evangelio de San Lucas, Jesús nos cuenta la historia de la viuda que dio todo lo que tenía para vivir. ¿Cuánto hubiéramos tenido que dar nosotros para estar a la altura de su caridad y de su entrega a la Iglesia? La viuda con sus dos monedas de cobre se estaba haciendo corresponsable del mantenimiento de la Iglesia hasta el máximo de sus posibilidades y depositaba ciegamente su confianza en ella para el buen manejo de los fondos. Es una forma de decir, "doy todo lo que tengo para vivir y te lo doy a ti, Iglesia, en quien confío sabrás manejar dichos fondos con sabiduría, misericordia y prudencia".

Muchos de nosotros siempre hemos buscado excusas para no aportar lo que nos corresponde. Nos decimos cristianos, pero cuando nos piden sentimos que estamos siendo abusados. Jesús en su grandeza nunca nos mintió, ni disminuyó los retos que tenemos muchos para convertirnos de verdad. Y quiero compartir con Uds. mi encuentro personal con la viuda de la historia santa. Por colaborar en una parroquia he tenido la oportunidad de revisar colectas dominicales. Es una experiencia maravillosa, pues te ayuda a confiar en la providencia del Altísimo. En los últimos meses, las finanzas han sido una montaña rusa. Nunca podemos proyectar que nos alcanzará, pero siempre nos alcanza.

Casi todas las semanas encontraba entre las monedas de las colectas una bolsita de centavos cuidadosamente cerrada o unas monedas envueltas en papel con cinta adhesiva alrededor. Tantas veces las encontré que al final escuché en mi corazón una voz que me decía: "Les aseguro que esta pobre viuda ha dado más que nadie. Porque todos los demás dieron como ofrenda algo de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que tenía para vivir". Era Jesús en mi corazón que me pedía tratar con especial reverencia esos pocos centavos.

Las últimas veces decidí apuntar la cantidad. Una vez fueron 63 centavos. Otra vez quizás en su pobreza las cosas habían estado un poco mejor y eran 83 centavos. Se notaba que la viuda elegía las monedas. Ponía las mejores para el Señor. Elegía las más brillantes y siempre protegía su limosna con cariño para que fuera recibida por nosotros. Mi dólar o mis cinco o mis diez dólares languidecían con vergüenza ante los centavos de la viuda. No cabe duda que el Señor nos continúa hablando y espera de nosotros siempre lo mejor.

En esta cuaresma reflexionemos sobre la forma en que nos hacemos responsables de nuestra parroquia y de nuestra Iglesia. Somos llamados al ayuno, oración y limosna. Y esta última nos permite renunciar a lo nuestro y compartir con el necesitado. En muchos sentidos continuamos siendo esclavos de lo material y no puede existir el Señorío de Jesús en nuestras vidas si no logramos renunciar al afán de dinero, a la necesidad de bienes y a las ansias de poder. Esa idolatría nos defraudará. Siendo esclavos de lo mundano no podemos aspirar nunca a parecernos al Señor.

Aprovechemos genuinamente esta época de preparación para decidir cómo y dónde debemos hacer la diferencia. ¿Cuánto debemos aportar a nuestra parroquia? ¿Habrá alguien en tu familia que necesita de ti? ¿Habrá alguien de los que trabaja contigo que vive en condiciones precarias? ¿Habrá alguien cercano a tu corazón que ha perdido su trabajo? Si no encuentras respuestas a estas interrogantes, no tienes que ir lejos.

A las puertas del templo seguramente encontrarás a tantos que necesitan. Dales un gesto de amor, apréndete sus nombres, comparte con ellos tu pan y tu sonrisa. El Señor te bendecirá. Nada nunca queda oculto para siempre. El Señor sabrá reconocer tu disposición a convertirte de verdad. Aprendamos de la viuda que da hasta donde duele. Nadie que nos quiera como Él nos defraudará.

*Columnista de El Diario de Hoy.