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Los árbitros parcializados que velan por la seguridad

La actitud adoptada por algunos diputados primerizos en torno a la reelección del fiscal se tiene que reconocer y premiar, ya que dejaron la ventana abierta para seguir en la búsqueda de una persona que tenga el perfil idóneo

Todos los días, al final de la jornada diaria, en mi camino a casa, transito por una cancha de fútbol. Sin excepción, aunque esté oscuro, lloviendo o haciendo frío, siempre me encuentro con un partido. Cuando las circunstancias lo permiten, me gusta reducir la marcha para apreciar la dinámica particular del partido. Unos días el juego está más agitado que otros, pero siempre hay jugadores esperando relevar a los que participan y espectadores siguiendo cada pase. A veces, todos están en silencio y lo único que se escucha son los golpes intermitentes de las patadas asestadas al balón, interrumpidas por el ocasional silbato del árbitro. Sin embargo, las escenas que más me gusta presenciar son las bulliciosas, aquellas en las que las emociones de los jugadores y el público son evidentes y expresadas en porras o reclamos. 

Es común pasar por el lugar y escuchar comentarios entre espectadores o emotivos señalamientos sonoros en los que se argumenta la parcialidad del árbitro. Generalmente, éstos carecen de fundamento y solo son un ornamento más que acompaña al tradicional partido de fútbol. En algunas ocasiones, sin embargo, sí existe una base sobre la cual hacer los reclamos. La credibilidad del árbitro radica en su imparcialidad y pericia. Cuando un árbitro favorece abiertamente a un equipo o evidencia incapacidad, los espectadores y jugadores, pierden la concentración en el juego y empiezan a reclamar hasta por lo más trivial. 

En el deporte que sea, si el árbitro no goza de credibilidad, el ambiente se contagia de un escepticismo que inhibe la interacción cotidiana entre contrincantes y, en consecuencia, la calidad del partido baja. La desconfianza y las emociones negativas interfieren con el desempeño de los atletas y no permiten que colaboren en la creación de un espectáculo entretenido. La mayoría hemos tenido la oportunidad de participar en juegos deportivos, como jugadores o espectadores y, por lo tanto, hemos experimentado de primera mano las emociones y el esquema mental producido por un árbitro que se percibe como parcializado o incapaz.

Traigo a colación esta reflexión porque me parece relevante para explicar lo nocivo que resulta tener un gabinete de seguridad politizado e inepto, jueces parcializados y fiscales generales que se ofrecen al mejor postor. Este tipo de funcionarios, igual que un árbitro incompetente o vendido, no permite la colaboración entre contrincantes, ya que llena el ambiente de desconfianza. Mientras persista esa percepción entre la ciudadanía en torno a jueces, fiscales generales y funcionarios de seguridad, no existirá una verdadera colaboración que permita crear un frente común en contra de la delincuencia. 

Un paso ineludible para salir de la actual crisis es que las personas en estos puestos críticos gocen de credibilidad entre los diferentes sectores de la sociedad. La elección del Fiscal General puede convertirse en el primer paso en la dirección correcta. Seguir con el rumbo que se traía, no sacará al país de este hoyo, lo hundirá más. Nombrar a un fiscal imparcial e incorruptible, permitirá la persecución de burócratas actuales y pasados, sin la contaminación del hedor emanado de oscuros intereses partidarios. Así, el ambiente alrededor de sus acciones no se caracterizará por escepticismo, desconfianza y reclamos. 

La actitud adoptada por algunos diputados primerizos en torno a la reelección del fiscal se tiene que reconocer y premiar, ya que dejaron la ventana abierta para seguir en la búsqueda de una persona que tenga el perfil idóneo para generar confianza y esperanza. Los que apoyen seguir como estábamos, son aquellos que anteponen sus intereses sobre los de la sociedad. La ciudadanía debe de identificarlos y castigarlos. Nada de votos secretos, esa es solo una estrategia de cobardes que no tienen el coraje de enfrentar las consecuencias de sus acciones y buscan diluir la carga moral que las acompaña. 

*Criminólogo.
@cponce_sv