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No llegamos ni a indignados

Hacer política es un arte. No se trata simplemente de organizar la sociedad y administrar la cosa pública con la finalidad de lograr el mayor bienestar para el mayor número de personas, sino también de pergeñar las condiciones para permitir el desarrollo personal, que está en la base del desarrollo social.

Superando el simplísimo principio que se supone en bastantes políticos (por culpa de ellos mismos, sin duda alguna), ese de que cualquiera que se lance a conseguir cargos públicos está motivado solamente por su ambición personal, y por la búsqueda de un sitio "decente" desde el cual echar mano a lo ajeno; supongamos que los políticos quieren, de veras, servir a sus conciudadanos.

Supongamos también que el interés que les mueve es ayudarnos a vivir en sociedad, y superemos la visión liberal que plantea que el mundo está movido por el interés individual exclusivamente, y que la misión del funcionario se reduce a posibilitar la sinergia de las libertades de sus conciudadanos.

Entonces, y con razón, me podría decir algún lector, también superemos la visión del socialismo, que hace de unos pocos iluminados (no se sabe por quién, ni por qué) los destinados a llevarnos a todos como grupo social a vivir en la sociedad feliz, la vida buena o como se quiera llamar. Felicidad, por otra parte, que se limita a conseguir el bienestar material: salud, seguridad, educación, y poco más.

Porque si no, no escaparemos de la tiranía: esa que piensa que todo es única y exclusivamente economía (de la que no se libran ni izquierda ni derecha); o la del que considera que el dios que le ha investido con poderes plenipotenciarios es la democracia, de tal manera que por haber logrado el cincuenta más uno de los votos, se considera depositario de la voluntad popular.

La experiencia histórica muestra que la ausencia de un bien mayor que el simple bienestar, o que la posibilidad de ejercer sin trabas la propia libertad, concluye en sistemas controladores, totalitarios, que terminan por dividir la sociedad en oprimidos y opresores. Conduce a un régimen que inexorablemente convierte a políticos y funcionarios en blanco de las críticas populares, cuando --paradójicamente-- subieron al poder, precisamente, a lomos de la crítica y del descontento de los ciudadanos.

Se está viendo en Venezuela, Argentina y Brasil, e incluso en el paraíso liberal chileno. Donde, al haber puesto como misión de la sociedad el bienestar individual (ya sea logrado por paternalismo estatal, o por absolutización de la libertad), al no lograrlo en el corto plazo (otro de los fetiches modernos: la prisa por lograr resultados), termina por enfurecer a muchos que, congregados en la calle, se convierten en un Leviatán con un común enemigo: el gobierno en primera instancia, y los políticos en segundo término.

Por estos pagos todavía seguimos convencidos de que nuestro bienestar es responsabilidad del gobierno. Que nos dé subsidios, proporcione seguridad, educación y salud, pagados con "los impuestos que pagan los ricos". El problema que no permite que nos indignemos está, precisamente, en la calidad de esos bienes y servicios que la mayoría está dispuesta a aceptar. Los niveles de expectativa son realmente bajos.

Y si eso es malo, lo peor es que quienes nos han gobernado --y las sensaciones apuntan a que también quienes comenzarán a gobernar-- parecen pensar que cada subsidio, cada obra pública terminada, cada logro, es un favor que nos hacen, y no un derecho de quienes les pagamos el sueldo. No rinden cuentas, se despilfarra el erario sin pedir responsabilidades, y se distrae con propaganda la atención de los problemas reales (violencia, corrupción, crisis de la familia), por lo que a ellos les interesa. Y así nos va.

*Columnista de El Diario de Hoy.

carlos@mayora.org