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Se llamaba Miguel Ángel...

Yo nunca había oído hablar de la risoterapia hasta aquel mediodía que tuve la dicha de estar en un almuerzo entre amigos al que asistió don Miguel Ángel.

Él acaba de perder a su esposa —quien fue el amor de su vida— y nosotros lo invitamos a comer pensando en aliviarle un poco su dolor, pero fue él el que nos trajo alegría a todos.

Se conoce como risoterapia —nos explicó don Miguel Ángel, quien fue el padre de la psiquiatría en El Salvador— a una técnica psicoterapéutica que produce beneficios mentales y emocionales por medio de la risa. Yo la practico todas las mañanas… Y en ese momento nos dio una "demostración práctica"… a los pocos segundos estábamos riéndonos todos, los invitados a la mesa y las personas del servicio doméstico… Reímos un buen rato de buena gana y todos nos levantamos con el corazón lleno de una luz nueva y paz en el alma.

Todavía hoy, una de esas empleadas recuerda aquel día y sonríe, diciendo: "Él es el señor más alegre que he conocido en mi vida". La alegría no era en él una cualidad externa, esporádica, una técnica psicológica… ¡No! la alegría manaba de todos los poros de su piel, de las células más íntimas de todo su ser, ya que don Miguel Ángel había cultivado toda su vida, el sólo ver el lado bueno de las personas y de las cosas. Era incapaz de fijarse en lo negativo de nada, ni de nadie. Donde él estaba creaba un ambiente positivo. Todos se encontraban a gusto a su lado.

Todo esto no se debió a que don Miguel Ángel tuviera una vida fácil…¡No! Humanamente pasó la última temporada de su vida en una silla de ruedas, muy enfermo, con el dolor de la muerte de su esposa… Dios le fue pidiendo el desprendimiento de todo y él se lo fue entregando con una sonrisa, con elegancia, con bondad… hasta de Bartolo —el perro que lo acompañó en tantos momentos y a quien lo incluyó en uno de sus cuentos— tuvo que despedirse… Y siguió viviendo cada día, disfrutando lo que tenía. Gozaba con todo: una buena música, un buen programa, una buena lectura, una comida, una pastorela… Cuando llegabas a verlo te sentías acogida, querida de manera especial… como si te estuviera esperando y tú fueras alguien único para él.

La última vez que lo visite en la casa fue el día antes de irse al hospital. Respiraba con dificultad, había pasado una mala noche, pero aún asi me recibio con mucho cariño, rezamos juntos, me habló de su música, de Dios, de lo mio, de lo suyo… se despidió como vivió. Sin dramatismo, con fe en Dios. Con realismo: esta es la despedida me comentó.

¿Qué cúal era la receta de don Miguel Ángel? Para mí, la receta de la felicidad que contagiaba a chorros, provenía de aceptar su realidad. Y de haber aprendido a gozar de lo pequeño que le ofrecía cada día, pensando en los demás y haciendo felices a los que le conocimos. En los momentos difíciles él nos volvió a descubrir el valor de lo que es esencial para vivir: la alegría de creer, la serenidad del abandono en las manos de un Dios bueno, el tener claro el sentido último de la vida, el gozo en lo pequeño, lo que es realmente amar…

Me enseñó tanto don Miguel Ángel, que cada día desde que se fue le recuerdo con agradecimiento, como uno de los regalos más grandes que me ha hecho Dios… y hoy quise que también usted querido lector le conociese un poco, para animarnos como él a tener la mirada sólo en lo positivo y en lo bueno de cada persona, de cada día, de cada momento.

* Colaboradora de El Diario de Hoy.