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Lista de mínimos estándares

El primero de enero no sólo nos trajo un nuevo año para estrenar; con él también arrancó, oficial y legalmente, la campaña electoral de los varios optimistas que quieren convencernos a todos de que representarán nuestros mejores intereses en la Asamblea si nos dejamos convencer de votar por ellos. Esto equivale a que ahora no tendrán que hacer uso de peripecias y acrobacias semánticas para no llamarle campaña a lo que empezaron a hacer desde meses atrás: ya pueden libremente llamar a las cosas como son y pedir el voto abiertamente.

No es descabellado asumir que cada persona, a la hora de administrar sus relaciones interpersonales --sean estas románticas, amistosas o simplemente casuales-- tiene una lista de estándares mínimos que quisiera que la otra persona con la que interactúa cumpla: que sea cortés con meseros u otro personal de servicios, que no llame a bocinazos cuando llega a buscarnos, que no ocupe uno u otro lenguaje, que tenga esta o la otra creencia religiosa, que planche su ropa (y se la cambie de vez en cuando), que tenga nociones tan siquiera básicas de buenas prácticas de aseo personal (o no ¡cada quien!), que baile pegado, juegue capirucho o cante rancheras, son sólo un ejemplo entre infinidad de requisitos que pueden exigirse para relacionarse o no con alguien.

Para ser representados en la Asamblea, algo casi tan importante como la administración de nuestras relaciones interpersonales, deberíamos tener altísimos estándares, ya que si estamos dejando nuestro futuro en las manos de alguien, lo mínimo es que exijamos que este alguien cumpla un par de requisitos.

En lo personal, creo en ver la próxima decisión que haremos ante las urnas a través de un enfoque de una lista de mínimos que un candidato, ya sea a diputado o alcalde, debería cumplir si quiere obtener nuestro voto. La mía, se las comparto:

No merecerán mi voto candidatos con más de 15 años en la Asamblea, simplemente porque no se puede obtener cosas diferentes haciendo lo mismo y porque nuestro país necesita cambios estructurales, poco me indica que quienes se han acomodado en la Asamblea sean los mejores agentes de reforma. Tampoco podré votar por candidatos que no compartan el principio básico de que la corrupción debe combatirse venga de donde venga, con independencia del partido al que pertenezca el corrupto. Mi interés por la equidad de género y el cese de la violencia doméstica me impedirá votar por aquellos con un historial de violencia contra la mujer (en ebriedad o sobriedad). Tampoco por quienes muestran más interés en viajar por el mundo que en rendir cuentas por sus viajes. Diputados que hayan sido parte con sus votos o abstenciones de los infames ataques a la Sala de lo Constitucional tampoco contarán con el beneficio de mi voto, puesto que han demostrado poco interés en el respeto al Estado de Derecho o la defensa de los derechos individuales.

Mi lista de básicos requisitos incluirá candidatos que manejen sus redes sociales con interés de aprovecharlas para acercarse a la ciudadanía y no sólo para pedir apoyo o ahogarnos de slogans. Preferiré a candidatos cuyas campañas se centren en propuestas específicas realizables y no ambigüedades de reina de belleza: que propongan ideas y soluciones y no caudillismos que giren alrededor de imagen y nombre. Que demuestren cierto entendimiento por la importancia de fortalecer un Estado de Derecho en que prevalezcan los derechos del individuo y no del burócrata o de derechos inventados cuya defensa es imposible de aplicar. Seguramente mi lista de mínimos seguirá creciendo, pero esta será la base. Nuestro voto vale: ¡no se lo demos a cualquiera!.

*Lic. en Derecho con maestría en Políticas Públicas de Georgetown University.

Columnista de El Diario de Hoy.

@crislopezg