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El líder que todos debemos ser

Ya anteriormente he hablado de lo dañino que es nuestra cultura caudillista. Esa actitud de esperar a ver qué hará el jefe, el patrón, el líder, o cómo le queramos llamar. Dejamos pasar demasiado tiempo esperando que surjan liderazgos a quién podamos seguir. Uno de los reclamos más comunes que escuchamos es que hacen falta líderes. Y de cierta forma es cierto, hacen falta, pero el problema no es de dónde surgirán, sino cuándo asumiremos cada uno de nosotros ese reto.

A quien es líder, se le llama de esa forma porque tiene la capacidad de influenciar a aquellos a su alrededor. Hay dos formas de adquirir esa influencia. La primera, la tradicional, a la que estamos acostumbrados, es aquel que influye a través del poder. Por nuestros tristes vestigios culturales, veneramos al poder. Admiramos al hombre fuerte que logró doblegar las voluntades de sus opositores para imponer su criterio y sus deseos sobre los demás. Nos sentimos seguros bajo el ala protectora del cacique.

Es esa actitud exactamente la que nos ha llevado a la situación en la que nos encontramos hoy. Por comodidad hemos permitido los vicios y los abusos de poder que nuestra cultura política han engendrado. Hemos sido pasivos y permisivos, y al ser enfrentados con la realidad política a lo que esto ha llevado, hemos justificado nuestra falta de voluntad de hacer cambiar las cosas reclamando que hacen falta líderes, pero sin necesariamente hacer algo concreto al respecto.

Hay un segundo tipo de liderazgo, mucho menos común, pero mucho más trascendente. Es aquel que logra influir a aquellos a su alrededor, no a través del poder, sino a través del ejemplo. Este no necesariamente es un liderazgo político. Puede o no estar involucrado en política, puede o no tener preocupaciones sobre los problemas nacionales. Lo que sí tiene es una visión clara sobre lo que quiere construir en el mundo, principios sólidos que lo guían y la convicción de trabajar para lograrlo.

Este liderazgo se fundamenta en inspirar a las personas a trabajar por construir los cambios que quieren ver en el mundo. Esto no se predica, ni se obliga, ni siquiera se convence. Para ello no es necesario poder hablar en público, o poder escribir o ser un gran estratega. Lo único que requiere es tener pasión, una mente abierta, principios definidos y, como ya mencioné, la convicción de trabajar por construir los cambios que queremos ver en este mundo.

Esta es obra que cada uno de nosotros debemos emprender. Es una actitud y una visión contagiosa, que si cada uno de nosotros nos empeñamos en poner en práctica, rápidamente puede tener grandes impactos culturales. No depende de alguien más iniciarlo. Empieza porque tú te despiertes cada día y decidas vivir con pasión y darlo todo por construir y crear algo que ahorita no exista.

Los grandes cambios no nacen en la política. La política solamente es una expresión de los principios y valores culturales en base a los cuales una sociedad opera. Trabajemos en inspirar a aquellos a nuestro alrededor mediante nuestro ejemplo y lograremos algo más trascendente que aquellos que actualmente abusan del poder que les confiamos.

*Colaborador de El Diario de Hoy.