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Libros que leo sentado y libros que leo de pie

Fue José Vasconcelos, ministro de Educación y pensador mexicano, el primero en insinuar esta división de la lectura, la cual ha marcado mi devenir por las diferentes tipos de libros que han llegado a mis manos, y se ha convertido en una eficaz forma de distinguir los libros de acuerdo a las emociones o por el grado de satisfacción que me causan.

Los libros que leo sentado pueden ser amenos, instructivos, construidos en bella prosa, tratar sobre personajes ilustres, o ser simplemente portadores de un conocimiento eficaz pero aburrido.

Ellos se leen de forma apacible y se convierten en un sucedáneo a la vida de aventuras, son un triste consuelo, pero consuelo al fin. Nos ilustran, nos hacen pensar, pero son como tener una novia que no baila, nos brindan placer pero sin arrebatos.

En casi todos ellos encontramos enseñanzas, deleite, gracia, pero no el palpitar de la conciencia que nos levanta como si sintiésemos que íntimamente se nos ha sido revelado un nuevo aspecto de la Creación, un nuevo aspecto que nos invita a movernos para contemplarlo entero desde la altura misma del conocimiento.

En cambio hay otros que nos hacen levantar, como si leerlos sentados fuera a la vez un sacrilegio y una falta de respeto para el libro mismo. Simplemente es como si la comodidad de nuestro lugar de lectura, fuera a la vez una afrenta para ese libro a quien se le brinda todo el respeto que se tiene para una obra que reviste tintes de divinidad.

Los libros que leemos de pie en realidad no los leemos, los vivimos. Entramos en ellos, nos hace que descendamos junto a Dante y Virgilio por los escabrosos círculos del infierno, nos salpica el salitre junto a Sandokán, y lloramos amargamente junto a Hernán Cortez bajo el árbol de la noche triste. En ellos dejamos de ser lectores y nos convertimos en héroes, personajes, ademán y figura.

Resulta admirable que el ser humano haya desarrollado la capacidad de escribir, y la ha desarrollado porque en ellos vivimos lo que naturalmente no tenemos o que simplemente está fuera de nuestro alcance. En ellos, el enfermo encuentra salud, el débil la fuerza, el pusilánime se vuelve héroe, mientras que el triste puede secar sus lágrimas.

Pensar es la más intensa y fecunda función de la vida, pero bajar del pensamiento a la tarea ingrata de escribirlo, denota que quien lo hace posee el atrevimiento de Prometeo que le entregó el fuego a los mortales y lo hace con la confianza que sus pensamientos que duran apenas un fracción de segundo, vivan inmortalmente en la idea escrita; ello no debe ser confundido con la vanidad del autor sino con la fraternidad del caminante, ya que escribe para futuros viajeros que se atrevan a caminar el sendero trazado.

Un libro, como un viaje, se comienza con inquietud y se termina con melancolía; no obstante, un verdadero lector nunca le dice adiós a la afición por leer un libro, es simplemente un hasta luego, una despedida que ocurre al terminar una lectura y que pacientemente espera hasta que exista un nuevo arranque que nos lleve de nuevo a leer un libro que leemos de pie, o bien, de uno que leemos sentado.

*Colaborador de El Diario de Hoy.J