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La Libertad Última

Casi a finales de 1942, Víctor Frankl, su esposa y sus padres fueron arrestados por la policía política de Hitler y enviados a un terrible campo de concentración. Allí, Frankl y su familia como millones de judíos durante la Segunda Guerra Mundial, fueron sometidos a las más duras pruebas: torturas, trabajos forzados, hambre, frío y todo tipo de humillaciones.

La esposa, los padres y un hermano de Víctor Frankl murieron en las terribles cámaras de gas en los primeros meses de un cautiverio que se prolongó durante tres años. Luego de cada sesión de torturas él mismo no sabía si sobreviviría el próximo minuto. No sabía si moriría producto de los golpes o en la cámara de gas. Día a día veía cómo los cuerpos inertes de los muertos o sus cenizas eran enterrados en fosas comunes. Esa era su realidad minuto a minuto durante cuatro años. Un entorno como para agacharle el alma y la voluntad a cualquiera, pero no a éste psiquiatra austríaco que en medio de esas duras condiciones encontró sentido a la vida.

¿Cómo lo hizo? ¿Cómo superó semejante adversidad? El escritor especialista en liderazgo Stephen Covey lo relata: "Un día, desnudo y solo en una pequeña celda, comenzó a tomar conciencia de lo que denominó La Libertad Última, esa libertad que sus carceleros no podían quitarle. Ellos podían controlar todo su ambiente, hacer lo que quisieran con su cuerpo, pero Frankl era un ser autoconsciente capaz de observar su propia participación en los hechos. Su identidad básica estaba intacta. En su interior él podía decidir de qué modo podía afectarle todo aquello".

Victor Frankl se aferró a la vida. Asumió que tenía la misión de resistir para contar al mundo, en algún momento, su testimonio y lo que había aprendido para crecer como ser humano y superar la más negra adversidad. Durante las largas noches tendido desnudo en el frío piso de la celda, se imaginaba a si mismo en aulas universitarias o en grandes auditorios ofreciendo conferencias sobre su experiencia. O se imaginaba en una confortable habitación escribiendo libros sobre psiquiatría o simplemente paseando por un bosque.

Con la imaginación y la visualización de lo que sintió que era su misión en la vida, ejercitaba su libertad interior, la más grande que todo ser humano tiene. Y esa libertad creció hasta ser infinitamente superior a la de las bestias con botas que lo custodiaban y maltrataban. Ellos aparentemente podían hacer lo que querían externamente pero sus mentes estaban atrapadas en aquella degradación moral que los rebajaba al grado de animales.

Víctor Frankl se las arregló para ayudar a sus compañeros de infortunio a encontrar sentido de dignidad y esperanza en medio del espanto de los campos de concentración nazis. Se convirtió en un ejemplo, incluso, hasta para algunos de los carceleros. Fue por fin liberado el 27 de abril de 1945 por el ejército de los Estados Unidos. Y efectivamente, ya en libertad y por largos años hasta su muerte en 1997, dio centenares de conferencias sobre lo vivido y desarrolló, a partir de su experiencia la Logoterapia, una exitosa forma de psicoterapia que se basa en la Voluntad de Sentido.

Ciertamente uno no puede decidir sobre cuestiones como el clima, los desastres naturales o las crisis económicas o los amores y odios de las personas desconocidas. Pero sí podemos libremente elegir la actitud que tomaremos frente a cualquier circunstancia por terrible que sea. Esa libertad es uno de los más grandes dones que Dios nos dio a todos los humanos. Y sin embargo hay muchas personas prisioneras de sus circunstancias. Si el día está sombrío se ponen tristes. Si alguien los ofende o los calumnia se intimidan o se llenan de ira. Se derrumban ante cualquier atisbo de infortunio.

Como decía un pintoresco presidente de un vecino país: "son como frijoles que se arrugan al primer hervor". Tener conciencia de la libertad de elegir nuestras reacciones y de decidir nuestras acciones, nos proporciona una independencia individual y una certeza en nuestras vidas que ningún otro ser humano, absolutamente ninguno, nos puede quitar. Tener conciencia moral de esa libertad última nos hace disfrutar en los días tranquilos y nos da la fortaleza y templanza para afrontar con serenidad cualquier tempestad por violenta que sea.

* Columnista de El Diario de Hoy. marvingaleasp@hotmail.com