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Libertad, fe y tolerancia

Soy un ardiente defensor de la libertad y, por lo mismo, un apasionado detractor de la intolerancia, el libertinaje y la anomia. Tan en riesgo se pone la libertad humana cuando el poder formal la amenaza como cuando nuestros caprichos la absolutizan. "La libertad", escribió Víctor Frankl, "sólo es una parte de la historia, la mitad de la verdad. La libertad no es más que el aspecto negativo de cualquier fenómeno, cuyo aspecto positivo es la responsabilidad".

¿Por qué la libertad no puede ser absoluta? A estas alturas de la historia deberíamos tenerlo claro, pero la reciente discusión intelectual sobre el macabro atentado a la revista satírica Charlie Hebdo, en París, a manos de un grupo de fanáticos musulmanes, se perfila como un alucinante muestrario de confusiones. Así tenemos que las opiniones oscilan entre la defensa a ultranza de la libertad, pretendiéndola ilimitada, y el tremendismo de convertir el insulto torpe y agresivo en un pasaporte a la morgue. En medio de ellas, varias decenas de comentaristas sensatos han recordado qué es lo que en realidad está detrás del atentado contra Charlie Hebdo: no es, por cierto, un dilema en torno al valor de la tolerancia versus las creencias más íntimas de las personas, sino un debate sobre quiénes justifican (y por qué) la agresión al sentirse agredidos.

Pero vayamos por partes. Concebida como el derecho a hacer lo que me plazca, la libertad es indefendible; pero si la libertad es el derecho a estructurar mi autodeterminación sin obstáculos, usando mi inteligencia y voluntad, entonces vale reconocerla como un instrumento legítimo e imprescindible de realización y dignidad humanas. He elegido la palabra "instrumento" con toda intención, entre otras razones porque la libertad no puede ser absoluta en un ser que tampoco es absoluto. En redonda expresión del filósofo español José Ramón Ayllón: "Parece lógico que a un ser limitado le corresponda una libertad limitada: que el límite de su querer sea el límite de su ser. Si la libertad humana fuera absoluta, habría que comenzar a temerla como prerrogativa de los demás".

Por supuesto, estos claros límites de la libertad no legitiman de ningún modo las intenciones de los tiranos; por el contrario, gracias a las experiencias positivas que tenemos al no absolutizar la libertad es que podemos establecer reglas de convivencia, diseñar marcos legales, fundar repúblicas y proponer el Estado de derecho como una condición indispensable de la democracia, entre otras cosas que nos resultan muy caras a los liberales. Sería imposible justificar la necesidad de la ley en una sociedad que considerara irrestricta la libertad de todos sus miembros. Sería el caos.

Parece mentira que un colega columnista, en nombre de la tolerancia, escriba que la creencia en un ser superior (con sus efectos en el espíritu humano) es una idea "desquiciada" e "irracional". Sin reparar plenamente en ello, el amigo Carlos Alberto Montaner pontifica al revés: en su afán de desprestigiar cualquier verdad absoluta, tratando de favorecer la libertad, termina alentando otro absolutismo al declarar que "lo que nos matan son las certezas y las verdades absolutas".

Pero veamos. ¿Será cierto que la duda y el escepticismo salvarían a la humanidad del fanatismo y la intemperancia? Eso no parece corroborarlo la historia. ¿Acaso son las verdades absolutas y las convicciones religiosas las reales causantes de la intransigencia asesina que bañó en sangre la redacción de una vulgar revista parisina? Admito que me resulta arbitrario y apriorístico establecer esa relación; de hecho, al hacerlo, partimos de una contradicción falsa. Desde la fe cristiana, por ejemplo, es inaceptable violentar a quien se burla del creyente, por grosero que sea. Cristo lo dejó bastante claro no solo de palabra: se dejó conducir hasta la cruz para encarnarlo. ¿Dónde está, pues, el problema? En la miseria del corazón humano, donde la coherencia es asignación complicada, tanto para los hombres de fe como para los liberales supuestos defensores de la tolerancia.

*Escritor y columnista de El Diario de Hoy.