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Libertad, sí; ¿pero cuál?

Justificar cualquier conducta diciendo que fue muy libre… aunque ese tipo de libertad les haya llevado a una temprana muerte por sida o por sobredosis de droga, es un error humano que se repite con frecuencia en la actualidad.

«La libertad y las normas se oponen y debemos escoger. Yo me quedo con la libertad y dejo a un lado las normas». Esta "norma anti-normas" es el principio que guía la conducta vital de mucha gente, especialmente entre los jóvenes, que se creen con eso que están en la cresta de la ola que les llevará a la felicidad. Pero eso es meterse en el túnel del egoísmo que siempre lleva, tarde o temprano, primero a la tristeza, después a la angustia y al vacío existencial. Cuando se llega a esa última etapa, muchos quieren salir por el vértigo de la droga o el suicidio. Siguen equivocando el camino.

Deberían ver que tantos triunfadores, hombres y mujeres exitosos en el cine, en la canción o el deporte, millonarios, con vidas llenas de lujos, caprichos y comodidades, envidiados y adorados por las multitudes ¿por qué caen en la esclavitud de la droga? ¿No estaban en el camino de la felicidad? ¿Y por qué tantas personas que pasan su vida aparentemente esclavizadas en el cuidado de enfermos, ancianos o niños abandonados, son felices y no se cambiarían por nada?

Los primeros eligieron la libertad de independencia, sin normas morales o con las que cada uno quiso inventarse. Los segundos eligieron la libertad de la entrega, del amor a los más necesitados, las normas que se fundamentan en la ley moral universal y en la caridad.

La ignorancia profunda de la ética y del buen razonamiento hizo que un ministro de Justicia escribiese: «La mujer tiene un cuerpo y hay que darle libertad para disponer de él y de cuanto en él acontezca». Pero la realidad es muy distinta. La mujer no tiene un cuerpo, como si este fuera un objeto. La mujer y el hombre son seres corpóreos, son espíritus corporizados o, si se mira del otro extremo: cuerpos espiritualizados; pero siempre son unidades inseparables. Si el cuerpo se arruina, se arruina la vida. Utilizar el cuerpo como objeto es lo propio de las prostitutas y por ello siempre se ha visto con un natural desprecio o lástima ese uso deshumanizante del cuerpo.

«Ya sabemos -ha señalado un insigne profesor de Ética- que es poderosa la manipulación cuando se dirige a un pueblo poco preparado. Por eso, a mayor manipulación, mejor formación debemos dar al pueblo. Empezamos a entrever que no basta cualquier tipo de formación. Necesitamos una formación óptima». Y se refiere a una formación ética, moral, porque somos personas morales, lo queramos o no. A diferencia de los animales tenemos que ser conocedores del bien y del mal y por tanto nuestra libertad responsable nos eleva en calidad de vida cuando elegimos una vida abierta a los demás, a recibir lo mejor de ellos y darles lo mejor de nosotros. Kierkegaard, el lúcido filosofo danés, ya había señalado que la puerta de la felicidad se abre hacia fuera. Es la ley del amor verdadero que se dignifica y que crece en humanidad, en plenitud de vida, cuando se ha entregado a la solidaridad y al amor conyugal, a la felicidad del hogar bien establecido, del amor entre padres e hijos, que es lo que fundamenta la paz social de cualquier nación. O también el amor de entrega total a Dios, renunciando al matrimonio y la fecundidad corporal, por un amor más alto.

Vuelvo a recordar aquel suceso real de un hombre que al ver a una monjita limpiando una herida purulenta, incluso con gusanos, de un pobre abandonado en la calle dijo: -¡Ay hermana, eso que usted está haciendo yo no lo haría ni por un millón de dólares! Y la monjita, sin dejar de curar aquella pústula repugnante, le contestó: -Ni yo tampoco.

*Dr. en Medicina.

Columnista de El Diario de Hoy.

luchofcuervo@gmail.com