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Les estorba el equilibrio de poderes

Por increíble que parezca a los amigos extranjeros que piden explicaciones sobre este bochornoso proceso, hoy sabemos que más de 20 mil votantes habían quedado excluidos de ese escrutinio que el Tribunal Supremo Electoral se apresuró a llamar "final". De no haber mediado el fallo de la Sala de lo Constitucional que hizo posible el oportuno recuento (finalizado apenas hace unos días), cerca de 21 mil sufragios se habrían esfumado para siempre del resultado definitivo. Así sin más, sin consecuencias ni responsabilidades: votos literalmente borrados de la historia documentada de nuestra democracia. Y no olvidemos que esta cifra solo corresponde al departamento de San Salvador, quedando a la imaginación qué habría pasado si las demandas presentadas a la Sala hubieran abarcado el resto del país.

Entre errores humanos, inexcusables faltas institucionales y una sumatoria de pequeños fraudes, al menos los magistrados constitucionalistas sí salieron a defender los derechos políticos de los ciudadanos que fueron a las urnas el pasado 1 de marzo. Gracias a esta intervención fue posible demostrar que el sistema electoral vigente es obsoleto, disfuncional e indigno de confianza. Es la única conclusión posible tras lo ocurrido. Solo así se comprende, además, que el presidente del TSE critique a la Sala por ordenar el recuento y no pida disculpas por haber declarado firme un resultado al que faltaban 20,991 sufragios.

En países donde la democracia es materia con la que no se juega, el escándalo de miles de votos escondidos entre papeletas clasificadas como "sobrantes, inutilizadas y faltantes", habría motivado la inmediata destitución de los funcionarios encargados de administrar los comicios. Pero aquí en El Salvador el caballero que preside el TSE no solo sigue atornillado a una silla que le ha quedado grandísima, sino que insiste en culpar precisamente a la Sala por las complicaciones del proceso. Inaudito.

La ingrata experiencia tampoco ha conseguido obligar a nuestra Asamblea Legislativa a hacer los cambios que pide a gritos el sistema electoral. Nada de eso. A lo que sí dieron prioridad los señores diputados, de todos los partidos, fue a recetarse periodos legislativos y municipales más largos, como si tal cosa tuviera algún impacto positivo mientras no se ayude al árbitro electoral a recobrar su agotada credibilidad.

A algunos hinchas poco exigentes tal vez les resulte divertido ir al estadio a ver partidos de fútbol pitados por un cuerpo arbitral que ya fue cuestionado por su ineficacia y parcialidad en otros encuentros. A muchos, sin embargo, la confianza en la limpieza del partido nos parece fundamental para disfrutar en serio de cualquier espectáculo futbolístico. El que los equipos contendientes negocien alargar los tiempos de juego no le devuelve al árbitro ni un ápice de credibilidad.

Un mensaje análogo nos están haciendo llegar los partidos políticos a los electores, comenzando por los dos más votados. Para ellos, en buenas cuentas, quedarse más tiempo en los cargos tiene una urgencia mayor que garantizarle a la ciudadanía autoridades electorales capaces de transmitir confianza, integridad y visión de país. ¡Vaya forma de interpretar las valiosas lecciones que arroja nuestro último y desgastante evento electoral!

¿Y qué decir de la instalación de la nueva Asamblea, cuyos primeros balbuceos ofrecen el desolador panorama de un periodo tan desvergonzado como el anterior, plagado de negociaciones turbias, compra de voluntades e imposiciones aritméticas? ¿O es que tanta podredumbre es ya irreversible? ¿No habrá un alma en esta legislatura a la que semejantes niveles de inmoralidad le asqueen hasta la indignación?

Mientras tanto, nadie sabe todavía qué significado dar a ese "¡Basta!" que el presidente Sánchez Cerén espetó a los magistrados a inicios de mayo, aunque las amenazas contra la Sala de lo Constitucional, por parte del binomio FMLN-GANA, han ido ganando tono y volumen en semanas recientes. La separación y equilibrio de poderes estorban a muchos intereses políticos, eso está claro. Falta ver qué papel jugaremos los ciudadanos que ya entendimos cómo debe funcionar la democracia.

*Escritor y columnista de El Diario de Hoy.