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Leer para humanizarse, para ser libre

Hoy día una enorme mayoría de gente no sabe estar en silencio, a solas con su pensamiento. Acostumbrados a estar on line, pensar les resulta difícil y desagradable. Tanto que en un experimento con distinto tipo de personas, muchos prefirieron sufrir pequeñas descargas eléctricas a seguir en silencio 15 minutos sin celulares, teléfonos o cualquier elemento que los distrajera y los sacara de su vacío interior. Terrible conclusión que se enlaza con que esa misma gente no acostumbra a leer.

Ese mal se vence con la educación, camino para salvar la cultura y sus costumbres esenciales de la llegada de las nuevas generaciones. Así lo advirtió Hannah Arendt: «El niño requiere una protección y un cuidado especial para que el mundo no lo dañe. Pero también el mundo necesita protección para que no sea avasallado y destruido por la agresividad de lo nuevo que lo ataca en cada nueva generación». Pero si las nuevas generaciones no leen, cometerán muchas violencias y, víctimas de su ignorancia, serán fácilmente manipulables en su inteligencia y en su conciencia moral.

Personas de distintos países, con larga experiencia en educación, coinciden en que aprender a leer con facilidad, desde el primer año de enseñanza básica hasta la universidad, es algo fundamental porque así se comienza a pensar. Un rector de una universidad española explica: «Aprender a leer es aprender a elegir, a discernir, a preferir. Aprender a escribir es aprender a inscribirse, a insertarse, a componer. Leer y escribir son decisivos para el cultivo, para la cultura, son formas del pensar. Educar es aprender a pensar, hablar, leer y escribir.» Habría que añadir, claro, con qué clase de lecturas deben alimentarse esas conciencias y conductas juveniles para el buen desarrollo de sus personalidades y para su contribución al bien de la sociedad.

Pero lo primero, insisto, es lograr leer con facilidad, que entre otras cosas significa leer de corrido, guardando las pequeñas pausas de los comas y las algo más largas de los puntos. Hagan un experimento. Hagan leer en voz alta a personas con título universitario o a algunos diputados que carecen de eso y verán qué sorpresa se llevan. Verán cómo las pausas corresponderán sólo hasta donde les llega su capacidad de leer de una sola mirada, que serán, de nueve a doce palabras. El texto quedará así dividido en esos golpes de palabras, con lo cual se pierde el espíritu del texto, su belleza, su humor y su fuerza y además se hace difícil entender la materialidad de lo que allí estaba escrito.

Los largos años con mi columna semanal, abierta a los comentarios de los lectores, corroboran lo dicho más arriba. Falta cultura. Hay una gran ignorancia de casi todo. Junto algunos lectores que hacen comentarios sensatos, abundan los que se lanzan a mostrar su desnudez intelectual intoxicada con los estereotipos más frecuentes, en ocasiones con tremendas faltas de ortografía y con unas ideas carentes de lógica racional.

En la antigua Roma se apaciguaba a las masas con pan y circo: alimento abundante y diversión más abundante. La anticultura imperante sigue la misma consigna magnificada y envilecida con sexo y violencia. Hoy los medios de diversión son múltiples y de acceso cada vez más fácil, gracias a la televisión y sobre todo a la Internet. Todo ayuda a no leer, todo ayuda a no pensar con libertad, porque se carece de conocimientos de fondo, históricos, morales, filosóficos y religiosos, y así se es víctima fácil para aceptar el pensamiento políticamente correcto, sin críticas ni rebeldía, sin argumentos bien fundamentados que desenmascaren las mentiras de la cultura de la muerte.

La cultura de la imagen no sustituye a la cultura de la lectura. Para que en la lectura se encuentren las respuestas correctas a las preguntas más vitales los libros primordiales son los clásicos. ¿Cuáles son? Ítalo Calvino responde: Se llama clásico a un libro que se configura como equivalente del universo.

*Dr. en Medicina.

Columnista de El Diario de Hoy.

luchofcuervo@gmail.com