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Lectura de la Biblia en las escuelas, un golpe para la fe

Una iniciativa como la de Almendáriz terminaría llevando a las Escrituras a la repisa de los libros de letra muerta, donde yacen tantas leyes de nuestro país

El diputado Antonio Almendáriz lo ha hecho de nuevo. Recientemente llevó a la Asamblea Legislativa la petición de leer la Biblia en las escuelas, con el propósito de frenar la situación de violencia de El Salvador.

Muchos de los que están en contra de la iniciativa han resaltado que irrespeta la laicidad del Estado que defiende la Constitución. Estoy totalmente de acuerdo, aunque tampoco debemos llegar al extremo de relegar totalmente la religión a la esfera privada, como si no aportase nada o no fuese relevante en la vida social. El alcance de la fe en lo público y qué entendemos por un “Estado laico” son buenos temas para debatir, serenamente y sin fanatismos, en otra ocasión. Lo cierto es que ningún Estado debe imponer a sus ciudadanos la lectura de un texto religioso.

La iniciativa está llena de contradicciones y llevaría a la trivialización de la Escritura y de la fe. Las palabras de Almendáriz lo ponen al descubierto. En declaraciones a El Diario de Hoy explicó que “no se trata de inculcar una religión en concreto”. 

Ciertamente, la Biblia no habla de católicos, anglicanos o protestantes, pero contiene elementos dogmáticos, cultuales y éticos de tradición judeocristiana, es fuente de revelación para algunas religiones y habla del pueblo elegido para la definitiva alianza. 

Leerla con la intención de transformar a las personas sin una orientación práctica, banalizaría el texto, pues éste busca una transformación a través del encuentro con la divinidad, el cual afecta a la persona en todas sus dimensiones y conlleva la aceptación de obligaciones y compromisos. 

Una iniciativa como la de Almendáriz terminaría llevando a las Escrituras a la repisa de los libros de letra muerta, donde yacen tantas leyes de nuestro país. 

Por otra parte, hay muchas versiones y traducciones de la Biblia, con más o menos libros. ¿Qué canon bíblico se adoptará? ¿Qué hacer con aquellos textos del Antiguo Testamento que en apariencia son violentos y que no hablan precisamente de valores?

La presencia de violencia en la Escritura evidencia la complejidad del texto, compuesto de varios estilos literarios elaborados a lo largo de muchos siglos. Por eso no se puede leer únicamente a nivel literario: requiere de una buena exégesis que también hable del sentido espiritual y que explique su contexto histórico. Pero si se trata de no imponer una religión, entonces no hay lugar para la interpretación, ya que se terminaría llegando a una forma concreta de comprender la fe (credo religioso). 

Lo paradójico para Almendáriz es que en la Biblia misma se encuentra un llamado a la separación entre la Iglesia y el Estado. El famoso “Dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Marcos 12,17) es revolucionario para su época, en la que la práctica de la religión de Estado era lo más común. Las palabras de Jesús rompen con el monismo religioso, enseñando que Dios y César son sujetos distintos -Dios no es César ni César es Dios- y que cada uno tiene sus propios derechos. 

La fe tiene como fin la salvación personal; el Estado debe buscar el bien común. En la práctica, esto hace que, por ejemplo, no todo lo que es pecado según las Escrituras (ética personal) sea materia de delito penal (ética social). 

Señores diputados, no apoyen esta iniciativa con olor a populismo. Como servidores públicos, no les corresponde buscar la salvación de las almas de sus conciudadanos, ni la solución a los problemas del país desde la perspectiva de la fe.

*Periodista. Investigador en temas de ética y religión. jaime.oriani@eldiariodehoy.com