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Las reformas radicales y la inexperiencia: ¿fórmulas del desarrollo?

Un "sovietólogo" mexicano argumentó que son dos las claves del éxito para las transiciones democráticas: la participación en el gobierno de "nuevas élites sin experiencia" y las reformas radicales.

Fredo Arias King, de nacionalidad mexicana, es un politólogo que ha estudiado las transformaciones en Ucrania, Moldavia, Bielorrusia y otros de los nuevos estados del exbloque socialista. Recientemente visitó el país por invitación del grupo ciudadano "los 300". Dice que en estas sociedades, cuanto más participan "las elites del antiguo régimen" en la nueva realidad "post transición", aumentan en la misma medida las posibilidades que fracasen los cambios que pretendían implementarse en esa sociedad.

Para explicar esta idea recuerda el caso de Felipe González, expresidente del gobierno español. Afirma que durante su administración, el PSOE sustituyó casi 40,000 funcionarios públicos del antiguo régimen. Debe recordarse que España apenas salía de la dictadura del "franquismo" y que entre 1977 y 1982, los presidentes Suárez González y Calvo Sotelo, poco hicieron para desmontar la estructura creada por el "generalísimo" en los 39 años que ostentó el poder. Arias contrasta este caso con el del mexicano Vicente Fox. Después de setenta años del PRI, en pleno inicio del Siglo XXI, era presumible que la mayoría de las instituciones públicas estuvieran atiborradas de empleados fieles al partido que durante largo tiempo administró al país. Según el sovietólogo mexicano, el PAN, liderado por Fox, cuando ganó las elecciones, sustituyó a muy pocas personas del antiguo régimen. Señala, por increíble que parezca, que sólo se fueran 40 priistas.

Para redondear sus argumentos, el politólogo recuerda las palabras del expresidente de la República Checa, Václav Havel: "prefiero inexperiencia temporal a sabotaje permanente". Este primer ingrediente de la fórmula que señala Arias parece razonable pero es muy difícil generalizar su aplicación para todos los casos de transiciones democráticas. La de El Salvador, por ejemplo, no es una donde las dictaduras militares gobernaron por décadas e infiltraron en la administración pública a secuaces y cómplices. Tampoco se trata de herencias de regímenes comunistas como el caso soviético.

Por esta razón, más que inexpertos en el gobierno, necesitamos con urgencia "profesionalizar el servicio público". Es necesario estudiar si en El Salvador el clientelismo político ha enquistado en los diferentes ministerios activistas partidarios o si por el contrario se cuenta con técnicos capacitados para desarrollar a cabalidad las funciones que se les solicitan. Si se trata de lo primero, el "sabotaje permanente" que señalaba Havel, podría significar una amenaza cierta.

Para evitar ese riesgo debe discutirse el proyecto de ley que busca transformar la función pública, con ello nos garantizaríamos empleados y funcionarios de carrera, lejos de conspiraciones ideológicas. Es muy probable que la "inexperiencia temporal" a la que se refería el líder checo se aplique a los cargos de confianza que recaen en ministros y viceministros. Esta inexperiencia, en todo caso, debería circunscribirse al ámbito político, evitando que lleguen personajes que practiquen "viejas mañas". Por el contrario, la formación académica de los "inexpertos" debería ser de primer mundo, además de contar con una comprobada experiencia profesional.

El otro requisito que según Fredo Arias necesita una transición democrática para ser exitosa, es el de contar con un "radicalismo reformador". Dice el sovietólogo "que el votante premia a un reformador de centro derecha radical". En algún momento llegó a expresar que la ley "no debería ser obstáculo para implementar las reformas". Tiene razón el experto cuando otorga un papel protagónico al espíritu reformador que debe iluminar a un gobernante.

Ya hemos dicho que un mandatario, más que limitarse a administrar los problemas, debe implementar los cambios necesarios para transformar positivamente la vida de los ciudadanos. Sin embargo es cuestionable la radicalidad que el politólogo exige para el gobernante al aplicar estos cambios. También es debatible que la capacidad reformadora sea un monopolio de los políticos de "centro derecha". Peor aún es que para implementar los cambios deba ignorarse el Estado de derecho.

Ciertamente las grandes reformas en muy raras ocasiones contarán con el consenso generalizado de los ciudadanos. Siempre habrán quienes se opongan porque las reformas en la mayoría de los casos afectarán los intereses de alguien. Lo estamos observando en el caso mexicano donde los maestros han rechazado férreamente la propuesta de reforma educativa propuesta por el presidente Peña Nieto.

Sin embargo, en transiciones como la española y la chilena, se han debatido y dialogado las reformas, se ha evitado el radicalismo exacerbado de los líderes y se han cumplido con estricto rigor los mandatos de la ley. Quienes tienen la intención de transformar la política en El Salvador deben elegir muy bien el camino para no caer en los mismos errores cometidos por los que han gobernado durante los últimos cincuenta años.

*Columnista de El Diario de Hoy.