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Las páginas doradas

Al espigar en función investigadora las páginas de nuestra historia, encontramos episodios de tan sólida fibra moral, que es preci- so --jóvenes-- rescatarlos del olvido. Yo les llamo las páginas doradas de la historia. Protagonista de varios de estos pasajes fue el General Francisco Menéndez, "el héroe integral" como le llamó el maestro Moisés Vincenzi, en su mensaje a los políticos de América.

Sin perjuicio de los méritos del General Justo Rufino Barrios, quien en unión del General Miguel García Granados impulsó la reforma liberal en Guatemala, después de derrocar, con la ayuda de don Benito Juárez, al Presidente Vicente Cerna, sucesor de Rafael Carrera, conviene recordar, en ese marco general decisorio y determinante (liberalismo contra conservadurismo), los encuentros y desencuentros de don Justo Rufino con el General Menéndez.

Barrios, el último caudillo que persiguió por la fuerza la unión de Centroamérica, y cayó abatido en Chalchuapa el 2 de abril de 1885, intentaba desde hacía algún tiempo invadir a El Salvador por la frontera occidental.

Pero en Ahuachapán, era Gobernador y Comandante, nada menos que el General Francisco Menéndez, y esta sola circunstancia constituía un valladar para el invasor.

A mediados del mes de marzo de 1875, recibió el General Menéndez una carta del General Barrios, en la que, después de saludarlo y encomiar su valor y honradez, le deslizaba la siguiente frase: "que guardara la neutralidad que todo buen salvadoreño debía guardar en la presente situación". La respuesta no se hizo esperar: "La actitud de guerra en que se encuentra esa y esta República es una gran calamidad que deploro y que, a todo sacrificio, quisiera ver conjurada. Por lo que a mí toca, debe considerar que como soldado sólo me corresponde obedecer a mi Gobierno; en vano abrigo por usted el mayor aprecio y respeto para poder aceptar la inacción que usted espera de mi parte, pues colocado en este Departamento como Gobernador y Comandante General, el honor militar y la lealtad que debo a mis jefes, me inclinarán incuestionablemente al cumplimento de mi deber. Si esta conducta llegase a serme perjudicial, verdad es que lo sentiré porque no puedo ser indiferente a la suerte de mi familia; mas espero que usted me hará la justicia de creer que me será preferible el sacrificio de mi persona a la mancha indeleble de una defección que me acarreare el desprecio de todo hombre honrado".

Años después, desatada la revolución de mayo de 1885 que llevó a Menéndez al poder, sus enemigos, sitiados en la ciudad natal del jefe revolucionario, dispusieron colocar a su familia en situación de extremo peligro pensando que su amor de esposo y padre desarmaría su brazo. Sin embargo, él, con más resolución que nunca, reiteró la orden de ataque, despertando la admiración de amigos y enemigos.

Comentando este hecho, dice Vincenzi: "En este rasgo de su vida, Menéndez toca en lo sublime: trae a la memoria a Guzmán el Bueno arrojando desde lo alto de las murallas de Tarifa, el puñal con que será victimado su hijo, y a Francisco Morazán, tomando la plaza de San Salvador, no obstante las amenazas hechas en contra de su familia, en poder de las fuerzas que se le resistían".

Pero aún hay más: presintiendo su caída, el doctor Rafael Zaldívar depositó el poder en el General Fernando Figueroa, y éste recrudeció la resistencia contra la revolución de mayo. En esas circunstancias, se produjo la carta que reproducimos a continuación: "Santa Ana, mayo 25 de 1885. Señor General don Juan J. Samayoa. Coatepeque. Estimado General: Agradezco a U. mucho la buena voluntad que a favor de mi familia, presa en Ahuachapán, se digna U. manifestar en su atenta carta de ayer. Ruego a U. que por el primer conducto se sirva devolverle al señor General Figueroa la adjunta orden de soltura incondicional que tuvo la generosidad de enviarme a favor de las mujeres de mi familia, pues no estando en ella comprendidos los amigos míos, también presos en Ahuachapán, no me es posible aceptarla y he resulto dejar a mi esposa y a mis hijos abandonados al vaivén de los acontecimientos y a la caballerosidad que a mis enemigos personales les inspire la actitud resuelta del Ejercito Libertador a mi mando. Soy de Ud., Sr. General, muy atento servidor, Francisco Menéndez".

Cuando vemos esta clase de gestos, en que resplandece la hombría de bien, nos preguntamos ¿será cierto que todo tiempo pasado fue mejor? Sobre todo si oteando el horizonte del sector público de nuestra Patria sólo encontramos --con algunas excepciones-- el reino de la ira, la soberbia, la codicia, la deslealtad, la ostentación y la arbitrariedad, y los viejos valores, como el honor y la rectitud, son considerados anticuadas debilidades burguesas. Jóvenes: ¡Hay que rescatar los grandes valores del espíritu que dan sentido a la existencia! ¡Permítannos a los viejos despedirnos de la vida sabiendo que ustedes son capaces de superar la mediocridad reinante, y escribir, también, páginas doradas para la historia en defensa de la libertad, la justicia y la seguridad! Hoy más que nunca, hace falta una lucha tenaz y compacta en contra del reaccionario oscurantismo que, en su tiempo, representó Rafael Carrera, y que hoy, nuevamente, nos acecha y amenaza con otro rostro pero el mismo "miedo a la libertad" --como diría Erich Fromm-- con la única pretensión de hipotecar nuestro suelo a países extranjeros asfixiados por el absolutismo que estanca y esteriliza a los pueblos, anulando la creatividad colectiva que es la única fuente del desarrollo. Jóvenes: hay que fijar la mirada hacia adelante, hacia el progreso; no hacia atrás, hacia la servidumbre.

*Dr. en Derecho