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Las opiniones diferentes

Actitudes que ayudan al aprendizaje son, por ejemplo, mantener cierto nivel de duda sobre las propias ideas, apartarse del subjetivismo y estar abierto a las críticas. Tres elementos que son difíciles de conseguir pues se oponen a las tendenc

Con frecuencia encuentro más interesante hablar con personas que no están de acuerdo con lo que pienso que con aquellas que comparten ciento por ciento mis opiniones. No niego que me agrade percibir la aceptación de mis ideas y sentir la aprobación de lo que digo, pero en realidad de esto no aprendo gran cosa. Si alguien confirma lo que creo puedo sentir satisfacción, me halaga, pero quedo igual. Pero cuando una persona objeta mis puntos de vista comienza una especie de desafío que veo como más estimulante, como una oportunidad. Porque una de dos, o pongo a prueba mis convicciones y las fortalezco, o me doy cuenta que necesitan ser revisadas y aprendo.

Todos creemos tener la razón y que nuestras opiniones son las correctas, es parte de la naturaleza humana. Pero nadie es poseedor de la verdad absoluta. No se puede tener siempre la razón, ser infalible, no equivocarse. El que cree que lo que piensa es la completa verdad, que sus opiniones son siempre acertadas cae en el fanatismo. Y ser fanático es una forma de estar equivocado.

La vida es un constante aprendizaje. Nunca dejamos de aprender y, a no ser que la vida nos tenga reservado un Alzheimer o algo parecido, seguiremos aprendiendo hasta el final de nuestros días. Lo que es diferente en cada uno es lo que se aprende y su magnitud. Es un hecho que unos aprenden más que otros. Depende de las habilidades cognitivas, de los intereses y, de forma muy importante, de la actitud.

Actitudes que ayudan al aprendizaje son, por ejemplo, mantener cierto nivel de duda sobre las propias ideas, apartarse del subjetivismo y estar abierto a las críticas. Tres elementos que son difíciles de conseguir pues se oponen a las tendencias naturales. 

Especialmente difícil es la última. A nadie le gusta ser criticado. Preferimos, obviamente, la aprobación y el acuerdo. Pero la crítica es importante porque permite ver nuestros puntos débiles y nuestros errores. El aceptar o al menos ser receptivos a la crítica es un signo de madurez emocional y una oportunidad para aprender. Y esto es válido en cualquier ámbito en que nos desarrollemos. En la vida profesional la crítica es un motor de superación y para la sociedad un factor de progreso.

Muchos tienen la percepción de que la crítica es dañina. La ven como una afrenta y la califican automáticamente como una acción malintencionada. Los que la ven así corren el riesgo de estancarse. Es posible que sea dura, y a veces hasta cáustica o irónica -− es cuestión de estilo-−, pero siempre que sea inteligente y proponga hay que prestarle atención.

Las acciones, las opiniones y las ideas producen reacciones. Estas reacciones pueden llegar hasta extremos muy bajos. Hay que distinguir entre la crítica que nos puede ayudar y la que no llega más lejos que al insulto. La primera debe atenderse; la segunda, ignorarse. Pero el que ve toda crítica como afrenta nunca aprenderá a distinguir entre las dos.

Cuando el gran político británico Benjamín Disraeli fue Primer Ministro de la reina Victoria, otorgó una pensión a los hijos de John Leech, el famoso caricaturista de la revista Punch, quien le criticó duramente por treinta años. El problema -–dijo Norman Vincent Peale-− en la mayoría de nosotros es que preferimos ser arruinados por los elogios que salvados por la crítica.

*Médico psiquiatra.
Columnista de El Diario de Hoy.