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Las lecciones que no aprenderá Washington

No han sido las mejores dos semanas para la política estadounidense. Su disfuncionalidad le ha permitido llevarse las portadas de varios medios alrededor del mundo, pues debido a profundos desacuerdos entre demócratas y republicanos sobre cómo deberá gastarse el dinero en el año fiscal que comenzaba el primero de octubre, el gobierno federal permaneció cerrado diecisiete días.

El cierre consistió en enviar a su casa a los empleados que fueron determinados "no esenciales". Para mejor transmitirle al público la noción de que el gobierno estaba cerrado y sacar créditos políticos, el gobierno de Obama decidió hacer el cierre lo más visible y doloroso posible, enfatizando con letreros el cierre gubernamental en parques al aire libre y monumentos que por ser al aire libre, es más difícil cerrar que mantener abiertos. Se bloqueó el acceso a datos públicos en sitios web gubernamentales. Se cerraron museos y se suspendieron investigaciones financiadas por el erario público.

La cuenta política la pagará el Partido Eepublicano, pues el cierre se debió principalmente a su oposición a la reforma del sistema de salud apodado Obamacare. Obamacare obliga a toda la ciudadanía a asegurarse y a las compañías de seguros a brindar cobertura a cualquier cliente, sin importar condiciones preexistentes o nivel de riesgo. La cobertura puede conseguirse a través de agencias intermediarias gubernamentales, que en teoría buscan el mejor paquete en el mercado para cada paciente.

Lo que era una estrategia perdedora desde el principio llegó a su fin tras alcanzarse finalmente un acuerdo temporal que permite aflojar suficientes fondos como para financiar el gobierno en los próximos tres meses. Acompañando el acuerdo va el regodeo del Partido Demócrata sobre la victoria política alcanzada, con miras a cosechar triunfos electorales en las elecciones legislativas de 2014 y el redoblado compromiso republicano a luchar contra la reforma, que consideran inviable económicamente, al sistema de salud.

Lamentablemente, las verdaderas lecciones que podrían aprenderse y las preguntas que deberían contestarse tras el cierre no están siendo discutidas por ninguno de los dos lados. Muchos han protestado que la crisis fue culpa de los ideólogos que se han tomado el Congreso y que actúan de manera temeraria, pues responden a distritos electorales muy pequeños. Sin embargo, si se sabe que la manera en la que se han demarcado estos distritos favorece a este tipo de políticos que tienen el poder de llevar sus posiciones al punto de cerrar el gobierno federal, ¿por qué se insiste en sobrecargar el gobierno federal?

Si se sabe que está en permanente riesgo de cerrarse, ¿por qué no delegar las actividades "no esenciales" en el sector privado, que abre todos los días, independiente a las politiquerías del Capitolio? ¿Por qué, si son "no esenciales", incluir tantas actividades entre lo que le corresponde hacer al gobierno?

Los diecisiete días que duró la crisis fueron duros para los empleados gubernamentales, que no pudieron trabajar y molestos para quienes se vieron privados de los servicios no esenciales del gobierno. Pero el ciudadano promedio no se vio demasiado afectado. Por ello, la segunda gran lección de la crisis del cierre, y que es la que se negarán a aceptar políticos, gobernantes, burócratas y otras sanguijuelas parasitarias que viven del "lobbying", es que la vida sigue y el sol sale y se esconde, independientemente del funcionamiento del gobierno federal. Y ya que nadie discute estas lecciones, es predecible que este no será el último cierre gubernamental debido a un Washington en crisis.

*Lic. en Derecho.

Columnista de El Diario de Hoy.

@crislopezg