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Las lágrimas del policía

Uno de los policías se me acercó de pronto y con los ojos húmedos por las lágrimas me dio una flor medio destrozada, que sacó de su bolsillo, y entre dientes alcanzó a decirme: “désela de mi parte al Presidente”

Pocos sucesos en la vida me han golpeado tanto como el fallecimiento del expresidente Francisco Flores. Un hombre castigado hasta la muerte por un crimen que no cometió.

Hubo desde el primer momento en que nos conocimos una enorme empatía con el expresidente. No hablaré en esta columna de él como gobernante. Solo diré que fue un verdadero estadista enfocado más en hacer que en anunciar lo que hacía. Los números, las cifras, su legado allí están disponibles para quien quiera consultarlos. Fue uno de los presidentes con mayor formación académica y se supo rodear de uno de los mejores gabinetes que haya tenido el país. 


Francisco Flores, como me dijo Miguel Ángel Simán, en la Iglesia de Guadalupe, el día de la misa, “vivió su vida, bajos sus propios términos y condiciones”. Poseía una inteligencia poco común y una extraordinaria capacidad para explicar de manera muy sencillas asuntos muy complejos. Su particular personalidad podía generar grandes amores, pero también odios desmesurados. Lealtades a prueba de bombas y traiciones rastreras.

Pero nunca causó indiferencia. Su inteligencia fue pues, una de sus mayores virtudes pero también alimentaba la envidia de los mediocres y el rencor de las almas menores. Su clara comprensión de los retos que enfrentaba en sus actividades profesionales o como gobernante, lo llevaban a rodearse de las personas adecuadas para superarlos. Pero era poco tolerante con los que consideraba incapaces, jactanciosos y sobre todo con los que decían mucho y hacían poco. No soportaba la charlatanería, ni la deslealtad.

Esa misma capacidad de análisis y clara visión de situaciones concretas lo llevaron a grandes aciertos, pero también a excesos de confianza en si mismo, que lo condujeron a cometer errores, porque como todo ser humano no fue perfecto. A veces creyó que con inteligencia y la luz de la razón podía vencer a los tramposos, a los oscuros, a los astutos malacates. Pero no siempre es así. A veces los malos obtienen victorias temporales. Solo que esa victoria temporal de los malos, a Francisco Flores le costó la vida. Pero el mundo sigue girando…

No lo conocí como un hombre religioso, pero sí profundamente espiritual. Sobre este tema hubo muchas habladurías. Francisco Flores era respetuoso con las creencias ajenas. Él creía plenamente en Dios como el creador de todo cuanto existe. Para él Dios era uno solo: el mismo de los cristianos, los judíos, los islámicos, los hindúes, los chinos y los tibetanos. El mismo Dios en el que creyeron las antiguas civilizaciones.

Muchas veces en la paz de su casa, hablamos de ese tema. Una vez me dijo: solo puede dar amor, quien tiene amor. Solo puede dar paz, quien tiene paz, solo pueden dar libertad, los hombres libres. Y Francisco Flores fue un hombre libre donde quiera que estuviese. Encerrarse en su propia mente, a través de la meditación, o la oración, lo liberaba del encierro en el que estaba sometido. Su particular forma de ser y pensar, era su libertad última.

Bajo la apariencia de una personalidad impenetrable, y a veces helada, había un hombre sincero, demasiado quizá, lleno de agudo e ingenioso humor. Guardaba un especial respeto, solidaridad y cariño por la gente humilde. De eso pueden dar fe sus trabajadores, sus colaboradores más sencillos, los presos que fueron sus compañeros durante tres meses en las terribles condiciones de las bartolinas. Incluso varios de los policías que lo vigilaban, llegaron a encariñarse con él.

El día de la misa, Gerardo Muyshondt y yo éramos parte de la gente que quería ver la salida del ataúd. La policía había formado una doble valla. Uno de los policías se me acercó de pronto (de eso es testigo Gerardo) y con los ojos húmedos por las lágrimas me dio una flor medio destrozada, que sacó de su bolsillo, y entre dientes alcanzó a decirme: “désela de mi parte al Presidente”. Se la di minutos después a Gabriela. 

Que Dios los bendiga Doña Lourdes, Gaby y Juan Marcos. Hasta siempre Presidente. Amigo. Como se dice en la fe de mis abuelos “Shall we gather at the river…”.
    
*Columnista de El Diario de Hoy.