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Las bromas de la ONU

Algunos de nosotros, ilusos, guardamos secretamente la esperanza de que, en cualquier momento todo tendrá sentido y la ONU aclarará que estaba bromeando; que las últimas semanas simplemente han servido para demostrar su sarcástico sentido del humor. Solo así tiene explicación la incursión de Venezuela --país cuyo gobierno consistentemente demuestra conductas inconsistentes con el espíritu de la Carta de las Naciones Unidas-- en el Consejo de Seguridad.

Independientemente de que los vetos continuos de Rusia y China estén volviendo cada vez más irrelevante la operatividad del Consejo, la admisión de un país con lazos probados a los elementos más represivos de las fuerzas armadas de Irán, parece una broma de mal gusto, del equivalente a invitar a un sordo a un concierto.

No es fácil evitar ver la ironía de que el mismo país al que apenas el lunes pasado Zeid Ra'ad al-Hussein, Comisionado de Derechos Humanos de la ONU, condenara por sus prácticas represivas contra elementos de la oposición, sea premiado con una posición relevante en otro brazo de la misma organización.

Como si lo anterior no bastara, las bromas no se quedaron ahí. El Salvador y Qatar pueden contarse entre los más recientes miembros del Consejo de Derechos Humanos. Sí, El Salvador, donde la impunidad es la regla general en vez de la excepción y donde miles de crímenes de guerra continúan sin la reparación debida a las víctimas.

Seguramente el aporte del país será dar cátedra de lo que hay que evitar para proteger los derechos humanos, pues la violencia ha cobrado más vidas que el ébola, y los derechos humanos más básicos (vida, libertad y propiedad privada) son un lujo más que una garantía para la gran mayoría de ciudadanos.

Pero la inclusión de El Salvador en el Consejo de Derechos Humanos parece racional y lógica al lado de la verdaderamente inexplicable inclusión de Qatar, solo entendible si la intención real de la ONU es reírse de nosotros, o mucho peor, legitimar dictaduras opresivas en nombre de la corrección política.

Y es que permitir que Qatar entre en este Consejo no es cosa de risa. Por lo menos, no lo encontrarán chistoso los 1.4 millones de trabajadores inmigrantes, que según varios reportes de organizaciones que se dedican a abogar por los derechos humanos, están muriendo en tasas alarmantes por las condiciones infrahumanas a las que son sometidos, que muchos han llegado a casi calificar de esclavitud.

Tampoco se reirían las mujeres qatarís, a quienes se les niegan condiciones de igualdad básica, como la participación política. Es también una afrenta a las víctimas de la violencia de ISIS (la organización que se identifica como el Estado Islámico), pues existen suficientes indicios de que parte del financiamiento del grupo proviene de Qatar.

Y quizá haya muchos otros en Qatar que como yo, tampoco estarán de acuerdo con esta irracional conducta de nuestros organismos de la burocracia global, pero que jamás podrán verbalizar su disenso debido a las opresivas restricciones a la libertad de expresión que ha denunciado en varios de sus reportes Human Rights Watch.

Y sí, ojalá fuera todo una broma. Desgraciadamente, la legitimación de conductas reprochables por razones políticas es lo que vuelve cada vez más irrelevante el rol de este tipo de organismos, enviándolos en el rumbo contrario al que citan en las razones por las que fueron creados. Y eso, no es cosa de bromas.

*Lic. en Derecho con maestría en Políticas Públicas de Georgetown University.

Columnista de El Diario de Hoy.

@crislopezg