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Las armas no matan

En reacción a mi artículo "Menos armas, menos homicidios", publicado recientemente en El Diario de Hoy, un lector argumentó: "Las armas no matan, son las personas". Aunque el lector no fue lo suficientemente explícito en su razonamiento se pudiese conjeturar que su frase sigue la lógica de presentar a las armas como artículos inanimados, moralmente neutrales o hasta inofensivos, y cuya peligrosidad reside en el uso que las personas les dan. Consecuentemente, el problema no sería que en El Salvador circule el estimado de 400,000 armas, sino que las personas no poseen la educación adecuada para darles el uso apropiado.

Probablemente mi interpretación de la frase del lector vaya más allá de lo que él quiso expresar o incluso pensar. Pero, vale la pena plantearlo en esos términos como un ejercicio de racionalidad. Comencemos preguntando sobre la posibilidad de adjudicar una categoría moral a un objeto. ¿Son las armas en sí mismas malas? La respuesta podemos deducirla por vía de la comparación. Las botellas, los cuchillos y los vasos son objetos útiles y pacíficos pero en malas manos pueden convertirse en armas potenciales. No obstante, hay una diferencia fundamental. Las botellas y los vasos se diseñan para contener líquidos y los cuchillos para cortar objetos. Pero las armas de fuego se diseñan específicamente para matar. Se cotizan de acuerdo a su potencia, precisión y alcance. El resultado lo recogen las estadísticas hospitalarias. Veamos, por ejemplo, datos de Brasil: El 75% de las agresiones con armas de fuego son letales, en tanto que sólo el 36% de las agresiones con arma blanca son fatales. Las armas blancas hieren más de lo que matan pero las armas de fuego matan más de lo que hieren. Si esto no es suficiente para emitir una categorización moral, al menos, descubre que las armas sí matan. ¡Y vaya que lo hacen! Para eso fueron diseñadas.

Naturalmente que las armas no son la causa de la violencia, aunque sí su instrumento. Así como la causa del dengue no es el zancudo; pero el zancudo se combate por ser el vector transmisor. Su eliminación corta el ciclo de la epidemia. Nadie ridiculizaría a los médicos sanitarios por realizar campañas para eliminar al zancudo, ya que la prevención y el control del dengue dependen exclusivamente de lo que se haga o se deje de hacer con las larvas del insecto.

De no eliminar el medio por el que se propaga la enfermedad pronto tendríamos una epidemia severa en la ciudad. Pues esa lucha que se impone en el campo de la salud pública también debe repetirse en el de la seguridad pública. Con más de 41 homicidios por cada cien mil habitantes El Salvador vive una verdadera epidemia de violencia que provoca un promedio de 14 muertes por día. La veda de armas en manos de civiles se vuelve perentoria para romper el ciclo mortal. Si bien resulta cierto que las armas no matan a menos que haya quien las accione, también es muy cierto que habrá bastante menos homicidios si no hay armas que accionar.

Pero esto, que hemos desarrollado como un ejercicio de racionalidad a partir del comentario del lector, debe convertirse ahora en una vigorosa puesta en acción ciudadana que diga: No a las armas. Será la única manera de lograrlo.

*Pastor general de la misión cristiana Elim.