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Karate Kid 4

Se enciende un televisor en Ciudad de Guatemala. Una cadena local, de las más importantes, muestra en su especial sabatino de la tarde la mítica cinta Karate Kid 4 para el inocente deleite de su teleaudiencia. La familia se agrupa, se sirven unas boquitas y al parecer es un fin de semana normal y todo marcha bien.

Pero no es así. Afuera se está dando una de las más impresionantes y plurales manifestaciones de la sociedad civil guatemalteca en los últimos años. Miles de ciudadanos desfilan frente al Palacio Nacional de la Cultura, exigiendo respeto y decencia en la gestión pública, y algunos de los más serios periodistas y comunicadores del vecino país acompañan la iniciativa, informando de forma transparente el sentir ciudadano. Tristemente, algunos medios deciden maquillar la situación con contenido tan absurdo como Karate Kid 4.

Desde hace años en Guatemala la corrupción parece estarse institucionalizando y se han desdibujado las fronteras ideológicas entre partido y partido, volviendo imposible identificar los principios rectores de cada agrupación política y convirtiéndose estas últimas en maquinarias electorales que aspiran a la mera sustitución de una élite que disfruta las mieles del poder, y los jugosos contratos que vienen con estas. Y en los últimos días, además, se ha desenmascarado un secreto a voces: altos funcionarios del gobierno del Partido Patriota podrían estar involucrados en una compleja red de enriquecimiento ilícito, tráfico de influencias, contrabando y las más diversas formas de corrupción.

Estas últimas gotas han desbordado el vaso de la indignación de miles de chapines que sin importar sus preferencias ideológicas han recurrido a las calles para exigir, unos, cuentas claras y un fin a la asquerosa corrupción, y otros, la renuncia del binomio presidencial, ampliamente ensombrecido por su presunta participación en las antes mencionadas redes.

El sábado 25 de abril, la Plaza de la Constitución se llenó de ciudadanos en el verdadero sentido de la palabra: Ciudadanos hartos del sistemático saqueo por parte de quienes años atrás juraron defender la Constitución. Ciudadanos que semana a semana observan cómo sus funcionarios viven como reyes sin corona, mientras el país se ahoga en problemas económicos y sociales. Ciudadanos que se resisten a una vida donde solo prospera el amigo del político de turno y para ascender debe mostrar servilismo e indulgencia.

"Pueblo que elige corruptos no es víctima, es cómplice", reza una de las miles de pancartas exhibidas en la plaza. Esto nos pone a reflexionar: tenemos la mala costumbre de ver la corrupción como algo exógeno y ajeno a nuestra realidad, propio de "esos que se meten a política" y nos abstraemos de la ecuación cuando somos nosotros, quienes no ostentamos cargos públicos ni paramos el tráfico con nuestras exageradas caravanas, quienes deberíamos sentar firmes límites al ejercicio del poder.

En Guatemala lo están empezando a comprender. La corrupción pudre a los países y el silencio acelera este proceso. Cada vez son más los chapines que han dejado de quejarse una vez al día, cuando leen los periódicos, y han empezado a tomar acciones. Y, naturalmente, cada vez son menos los que se quedan en casa viendo tranquilamente Karate Kid 4 mientras su país se desmorona.

A 250 kilómetros de distancia, en el calor de San Salvador también nos sobran problemas. Endeudarnos es deporte nacional, miles de familias sufren a diario la galopante inseguridad y el gobierno malabarea torpemente excusas mientras culpa a los medios de jugar responsablemente su papel. Salvo honrosas excepciones, parece que la ciudadanía salvadoreña permanece dormida o es inmune a la abusiva conducta de sus gobernantes.

¿En qué país creemos que vivimos que no estamos tomando acciones? ¿Qué película estaremos viendo? Ojalá no sea Karate Kid 4, me gustó más la primera.

*Colaborador de El Diario de Hoy.