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La juventud tiene poco qué celebrar

Si queremos dejar algo para los jóvenes de mañana, a los de hoy nos toca empezar por construir las condiciones, con la visión que ha tenido el Padre Pepe.

Cada 12 de agosto, por obra y gracia de la arbitrariedad burocrática de algún organismo multilateral políticamente correcto, se celebra el Día de la Juventud en medio de vítores discursivos y pompa dialéctica. En El Salvador, sin embargo, las deprimentes estadísticas casi obligan a que lo que debería celebrarse los 12 de agosto no es la juventud, sino la suerte de los privilegiados que logran sobrevivirla.

 De acuerdo a los datos de Medicina Legal, el 67% de las 467 vidas que perdimos frente al crimen solamente en julio, pertenecían a niños y jóvenes: entre los 10 y los 34 años de edad. De esos, 88 tenían entre 15 y 19 años. 

Y sí, la juventud puede ser la etapa que Rubén Darío glorificara, elevándola a la calidad de “divino tesoro”, cuando se sabe que es meramente transitoria. Lo que romantiza Darío es precisamente la calidad efímera de la etapa; el hecho de que es una plataforma para saltar hacia el futuro, pues “se va para no volver”.

Y sin embargo, las estadísticas parecen indicar que en el país, sobre todo para los sectores económicamente vulnerables, la juventud no es futuro: es presente y final.

Si bien las estadísticas hay que leerlas con criterio, pues no es que la correlación entre la edad y el estatus de víctima indique que la juventud es mortífera –-el mero hecho de que un sector mayoritario de la población sea joven implica en un país violento que la mayor cantidad de víctimas serán también jóvenes-– tampoco pueden ignorarse enteramente, pues ¿qué incentivos puede tener un joven para buscar la movilidad social o invertir en su futuro cuando está constantemente limitado por el miedo? ¿Quién se toma los riesgos en invertir en su futuro con tan poca certeza de que tendrá uno?

Y la respuesta de organismos multilaterales y gobiernos tiende a “fortalecer los derechos del joven”, como si continuar agregando elementos al listado de derechos que no se respetan en el país le va a ser de utilidad a alguien. 

Muchos discursos políticos invitan a la juventud a “unirse”, olvidando que gran parte de la juventud ya está unida en diferentes grupos, pero segregada: ¿o no están unidos los victimarios –-también jóvenes-– bajo la lealtad de una u otra mara? 

Lo único que necesita la juventud para germinar y dejar crecer su potencial son las condiciones. Ejemplo de lo anterior son las maravillas que han salido de obras como la del Padre Pepe en el Polígono Don Bosco. No inyectó nada diferente a esa juventud: simplemente, sabiendo vender su proyecto a inversores visionarios, logró crear las condiciones y el potencial estalló en orquestas, profesionales y futuros empresarios. 

Para el resto del país, las condiciones nos las está robando la inseguridad y la impotencia que esta genera. La elusiva igualdad de oportunidades tampoco llegará mientras no haya siquiera igualdad ante la ley y reine la impunidad.
 
Si queremos dejar algo para los jóvenes de mañana, a los de hoy nos toca empezar por construir las condiciones, con la visión que ha tenido el Padre Pepe. De lo contrario, habrá muy poco que celebrar los 12 de agosto.


*Lic. en Derecho de ESEN 
con Maestría en Políticas 
Públicas de Georgetown University.
Columnista de El Diario de Hoy.
@crislopezg