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El juramento hipocrático

Los fanáticos del progreso creen ingenuamente que la gráfica de la historia humana es una línea recta y en aguda pendiente ascendente. Nada más lejos de la realidad. Una gráfica así tal vez podría admitirse para el desarrollo científico y tecnológico pero no para el progreso en humanidad. Esta gráfica sufre, a lo largo de los siglos, agradables cimas y tremendos abismos. Quiero en este artículo, y en algunos otros venideros, comentar algo sobre esos puntos de luz que de pronto aparecen despertando las mejores tendencias que anidan en el corazón de los hombres moviéndoles a una mayor dignidad.

Uno de estos luceros, aunque no el de mayor magnitud, fue la aparición del Juramento Hipocrático, cinco siglos antes de Jesucristo. Importa poco si fue redactado directamente por Hipócrates, el gran médico griego, o por algunos de sus discípulos. Lo importante es comprobar el profundo y acertado sentido que tenían, los que lo escribieron y los que lo aceptaron, de la vida, de la dignidad intrínseca de todo ser humano, y del noble ejercicio de la medicina.

Tienen sentido del divino compromiso de su profesión --aunque todavía oscurecido en parte por la mentalidad mitológica-- cuando escriben: Juro por Apolo, médico y por Esculapio y por Higea y Panacea y por todos los dioses y diosas a cuyo testimonio apelo, que este mi juramento será cumplido hasta donde tenga poder y discernimiento.

Allí se hace una rotunda defensa de la vida humana incluyendo su etapa intrauterina y un rechazo absoluto a usar su profesión para acabar con la vida de sus pacientes. Ni eutanasia ni abortos. Así queda de manifiesto cuando se comprometen jurando que a nadie daré droga mortal alguna, aun cuando me fuera pedida y a nadie daré consejo para tal fin. Del mismo modo no daré a ninguna mujer pesarios destructivos (abortivos). Conservaré pura y santa mi vida y mi arte.

Este Juramento no vacila en señalar el respeto que deben tener los médicos con sus pacientes, no abusando de su prestigio y de su poder diciendo: en cualquier casa en la que entre será en beneficio de los enfermos, absteniéndome de toda falta voluntaria o corrupción y de lascivia con las mujeres u hombres, libres o esclavos. Lo cual muestra una visión anticipada de alta moralidad porque vivían en un mundo donde los esclavos eran considerados, por la mayoría, como animales o cosas.

Y asombra también comprobar ese finísimo sentido del secreto profesional y del simple secreto natural para no caer en nada que atentase contra la dignidad individual cuando prometen que guardarán silencio sobre todo lo que en mi profesión o fuera de ella oiga o vea en la vida de los hombres que no deba ser público, manteniendo estas cosas de forma que no pueda hablarse de ellas.

Este Juramento, fuera de su estricto valor en la dignificación del ejercicio práctico de la medicina, también es elemento muy valioso para el progreso moral de toda la humanidad. ¿Podemos decir que hoy se viven mayoritariamente sus postulados? Desgraciadamente no. Fuera de las sucesivas redacciones que ha tenido a lo largo del tiempo, suprimiendo en varias de ellas el compromiso anti-aborto y antí-eutanasia, en muchas escuelas de medicina se ha dado un paso más en la decadencia profesional y ya no se hacen ningún tipo de compromiso ético. Abundan los médicos que tratan a sus pacientes como cosas, a veces con actitudes agrias o malhumoradas, o como material valioso para alguna publicación científica que engruese su curriculum profesional.

Y desgraciadamente no faltan los que han sido seducidos por el dinero fácil y rápido de los abortos. Lo obtienen degradando su trabajo al propio de un verdugo ejecutor de sentencias de muerte contra pequeños seres humanos indefensos e inocentes. El doctor Bernard Nathanson dejó un terrible testimonio, después de su arrepentimiento, de las inmensas mentiras, miseria moral e infelicidad de los médicos que caen en ese envilecimiento humano.

*Dr. en Medicina.

Columnista de El Diario de Hoy.

luchofcuervo@gmail.com