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José Mujica, Alan García y el perro del hortelano

La revista británica El Economista (The Economist) publicó esta semana una entrevista con el presidente de Uruguay, José Mujica, a quien llama el líder más original de América Latina. Entre los temas discutidos el presidente aludió a la necesidad de tener mayores inversiones extranjeras, lo cual requiere superar el síndrome del perro del hortelano que "ha sido muy dañino para América Latina".

El perro del hortelano (un personaje de una fábula atribuida a Esopo) es el que, no pudiendo comerse algo, no deja que nadie más se lo coma. Mujica se refirió a este síndrome en el contexto de los frecuentes casos en los que los latinoamericanos, carentes de la tecnología o el capital necesarios para explotar un recurso natural o un negocio rentable que daría ingresos para todos, prefieren que no se explote que sufrir la vista de que otros tengan utilidades de éste.

El entrevistador le hizo notar que el expresidente Alan García había usado la misma frase en Perú (el síndrome del perro del hortelano) en un artículo con ese título que publicó en El Comercio de Perú (http://www.aidesep.org.pe/editor/documentos/58.pdf), en el que dice: "Así, pues, hay muchos recursos sin uso que no son transables, que no reciben inversión y que no generan trabajo. Y todo ello por el tabú de ideologías superadas, por ociosidad, por indolencia o por la ley del perro del hortelano que reza: Si no lo hago yo que no lo haga nadie".

El presidente Mujica, igual que García, ha puesto el dedo en la llaga para toda la América Latina. La llaga, sin embargo, no está particularmente en la inversión extranjera sino en la inversión en general. Hay mucha gente en la región que prefiere que no haya empleo ni buena salud ni educación con tal de que nadie, local o extranjero, posea negocios y tenga utilidades. Desafortunadamente, muchos de ellos están logrando su propósito.

La izquierda europea hace ya más de un siglo que superó el síndrome del perro del hortelano. Allí, la gente comprendió que la envidia es negativa, que es el único pecado capital que no deja nada al que lo comete, excepto la amargura que expresa el perro en la fábula de Esopo. Muchas empresas hicieron utilidades, pero eso desarrolló a los países, llevándolos a crear sociedades más humanas y prósperas que ninguna otra en la historia. América Latina, estancada por doscientos años por este síndrome mientras Europa se industrializaba y desarrollaba, tiene que entender eso mismo. Los latinoamericanos tienen que buscar su desarrollo en vez de hacer todo lo posible para que sus vecinos no se desarrollen.

Lo negativo de la filosofía del perro del hortelano está ilustrada en un cuento negro que me contó un ruso para explicarme por qué Rusia se había hecho comunista. En el cuento la Virgen María se aparece a un campesino ruso y le ofrece darle lo que quiera, con la condición de que le daría el doble a su vecino. Después de pensarlo por un gran rato, el campesino le dice a la Virgen: Sácame un ojo. Esta es la actitud del que prefiere hundirse en la pobreza con tal que su vecino no vaya a salir mejor que él.

El gobierno de El Salvador está ahora enfrentando una crisis de identidad. Por muchos años ha formado parte de la izquierda del perro del hortelano que prefiere que todos nos hundamos a que sobrevivamos en un proceso en el que algunos ganen más que otros. Pero ahora que está en el poder quisiera poder entregar crecimiento y bienestar a la población para poder ser reelectos. Y tiene que escoger entre la filosofía negativa del perro del hortelano, y las cosas que tendría que hacer para que el país tenga inversión y crezca.

En el fondo, lo que tiene que hacer el gobierno es no hacer caso a los que se mueven por el odio. No es una coincidencia que el presidente Mujica terminó la entrevista diciendo: "¿Usted sabe qué lujo más grande es no odiar?".

*Máster en Economía,

Northwestern University.

Columnista de El Diario de Hoy.