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Jesucristo y su Resurrección

Ayer la Iglesia Católica celebró la resurrección de Jesucristo y me enfrento un año más a este hecho histórico y transhistórico. ¿Qué razones puede tener un ateo para negar la resurrección de Jesucristo? Bueno, una inmensa cantidad de ateos, más bien de agnósticos actuales no tienen ninguna razón porque tampoco les interesa esa pregunta. Ellos viven su vida sin necesidad de Dios ni de la religión. --No me hacen falta --pueden decirnos--. Vivo bien y soy mejor persona que muchos de los que se dicen cristianos. Y así seguirán hasta que aparezca en su vida la cruz, la contradicción, el fracaso afectivo o profesional o la enfermedad incurable que los enfrenta, quieran o no, al problema de la muerte y de su sentido. Entonces algunos pasarán a interesarse por las promesas de Jesucristo, algunos recibirán el inmenso regalo del arrepentimiento y de la fe. Otros elegirán el suicidio directo o su forma más elegante, la eutanasia.

Pero a mí me intriga la actitud de los ateos militantes, los que declaran públicamente su ateísmo e incluso escriben libros para convencer a otros de que su postura es la correcta, para hacer proselitismo de su triste fe negativa.

Jesucristo. Esa es la piedra de escándalo para los ateos, porque su figura no encaja con un loco, un farsante aprovechado o un iluso de buena fe. Si se leen los evangelios, ahí están sus tremendos milagros, si escuchamos su doctrina, esta aparece llena de verdades paradójicas -perdonar las injurias, amar a los enemigos, las bienaventuranzas, etc.-. Aquí la razón no está contra la fe, como muchos ateos pretenden siempre, sino todo lo contrario. Aquí la ciencia y la razón nos dicen que esa personalidad tan especial y única solo cabe siendo lo que es en realidad: perfecto Dios y perfecto hombre.

Solo cabría negar la existencia histórica de Jesús. Solo sería un mito, pero sin existencia real, un mito benéfico, muy práctico para mantener el orden y la moral social y la cohesión familiar. Pero eso, la no existencia histórica, real de Jesucristo hoy es insostenible, dados todos los estudios históricos y escriturísticos y la fuerza de su personalidad maravillosa. Einstein, que creía en un dios creador del mudo pero que no practicaba ninguna religión, cuando le preguntaron: -¿Acepta la existencia histórica de Jesús? Contestó: -Incuestionablemente. Nadie puede leer los evangelios sin sentir la presencia real de Jesús. Su personalidad palpita en cada palabra. Ningún mito está lleno de tal vida.

Entonces ¿qué razones puede aducir un ateo contra la resurrección de Jesucristo? Ninguna que merezca la pena. Cierto es que la resurrección de Cristo es a la vez un hecho histórico y transhistórico como Benedicto XVI lo explica: El hombre Jesús, con su mismo cuerpo, pertenece ahora totalmente a la esfera de lo divino y eterno. (…) la esencia de la resurrección consiste precisamente en que ella contraviene la historia e inaugura una dimensión que llamamos comúnmente la dimensión escatológica. La resurrección da entrada al espacio nuevo que abre la historia más allá de sí misma y crea lo definitivo. En este sentido es verdad que la resurrección no es un acontecimiento histórico del mismo tipo que el nacimiento o la crucifixión de Jesús. Es algo nuevo, un género nuevo de acontecimiento".

Alguien podría decir: ¿Por qué Jesús, al resucitar, no se dejó ver por todos, incluyendo sus adversarios, escribas y fariseos? Así habría sido irrefutable, patente a todos, nadie habría dudado y todos se habrían convertido. También podría haber bajado de la cruz haciendo enmudecer de asombro y espanto a todos los que se reían de él, pero ese no es su modo de actuar. Siempre es patente la delicadeza, el respeto enorme, que Dios tiene ante nuestra libertad. No quiere avasallar. Como dijo el gran científico y pensador francés Blaise Pascal, Dios deja las cosas con suficiente luz para el que quiere creer y con suficiente oscuridad para el que no quiere.

*Dr. en Medicina.

Columnista de El Diario de Hoy.

luchofcuervo@gmail.com