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Intolerancia contra la realidad

La clave para entender por qué crece la intolerancia e incluso se va instaurando como actitud respetable en EE. UU. y Europa y se hace amenazadora en otros continentes, creo que está en una vieja sentencia del escritor inglés George Orwell (1903-1950) cuando dijo: Mientras más se aleja una sociedad de la verdad más odiará a aquellos que la proclaman. Concuerda ese dictamen con lo que ha dicho más de una vez Benedicto XVI, que el fondo de la crisis actual de nuestra cultura consiste en el odio o desprecio de la verdad. Así se entiende también que la Iglesia Católica sufra tantos ataques y que crezca el martirio entre los cristianos.

Esta lucha contra la verdad, contra la realidad de que existen unas leyes morales universales y unas leyes de la naturaleza humana, se hizo primero bajo la bandera de la tolerancia, cuando la rebelión contra esa realidad estaba en minoría. Lo progresista entonces era admitir que sobre cualquier asunto existía el derecho a tener diversas opiniones y actitudes. En la medida que han ido triunfando las construcciones ideológicas de la cultura de la muerte se ha ido viendo su debilidad intrínseca, su mentira, y entonces se necesita robustecerla implantando una dura intolerancia contra los que no están de acuerdo, que son discriminados y castigados como antisociales.

Crece la censura en los campus universitarios con motivo de las ceremonias de graduación; crece el "lenguaje del odio", falsas leyes morales por las que la joven animadora del Mundial de Fútbol perdió un promisorio contrato con L'Oréal cuando se descubrió que era aficionada a la caza. Si no se aceptan los dogmas de la sexualidad implantados por el colectivo LGTB se puede perder el trabajo, como le pasó en Inglaterra a un magistrado cristiano forzado a dimitir porque rechazó dar niños en adopción a parejas homosexuales. Se obliga en los seguros médicos a promover las píldoras anticonceptivas, incluyendo la del día siguiente. En EE. UU., tras una larga batalla legal, se triunfó contra la imposición del presidente Obama de que instituciones católicas tuvieran la obligación de dar anticonceptivos, efectuar abortos, promover la homosexualidad, etc.

Este progresismo intolerante se opone al progresismo clásico de que los derechos individuales merecen ser protegidos por igual, por la ley y por el gobierno. Ahora es abiertamente hostil a la libertad de conciencia y de expresión. El feminismo, ya lo vimos en un artículo anterior, llega al disparate irreal del género y su equidad. En otra vertiente de la intolerancia ideológica están los ecologistas como el naturalista David Attenborough que afirma que "los humanos son una plaga sobre la Tierra", como si de un vuelo de langostas se tratara. ¿En qué sitio se coloca él en esta condena contra los humanos? ¿Él es una planta o pertenece a los grandes simios? El ecologismo ya no se ocupa de la conservación de los recursos naturales; su creciente objetivo es salvar al planeta de la superpoblación --cuando la realidad es justamente el creciente suicidio demográfico-- y salvarnos del cambio climático tal como ellos quieren presentárnoslo, porque así es un buen negocio para muchos de ellos, pero en realidad es una falsedad que pocos, entre los que me cuento, se atreven a denunciarlo.

El sentido común ha sido expulsado del debate social. Se odia la verdad y se persigue a los que la defienden. Contra este totalitarismo disfrazado de equidad debemos promover la mejor de las tolerancias basadas en el amor fraterno; la auténtica libertad, inseparable de la responsabilidad moral; el valor de toda vida humana desde el cigoto; la dignidad y valor de los seres humanos muy superior al resto de los seres vivos; la verdadera justicia que no es igualitaria sino discriminativa pues premia el bien y castiga el mal y da a cada uno lo suyo y no a todos por igual, y una legislación fundada en las leyes morales universales y que deben siempre tutelar el bien común de la sociedad.

*Dr. en Medicina.

Columnista de El Diario de Hoy.

luchofcuervo@gmail.com