Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

Interpretando al intelectual y al sacerdote: David Escobar Galindo y Flavián Mucci

A muchos les ha sorprendido que el firmante de la paz, David Escobar Galindo y el fundador de Ágape, el padre Flavián Mucci, grabaran mensajes de apoyo para Guillermo Sol Bang. A quienes conocemos la integridad del intelectual y del sacerdote no nos extraña. Ellos son aliados de la verdad, de la ética y de la honestidad. Sus palabras animan, a los que aún creemos en la viabilidad del país, a continuar esforzándonos para transformarlo en una nación próspera, donde la libertad y la responsabilidad inspiren a hombres y mujeres a vivir con dignidad. Ambos han venido enarbolando durante toda su vida la bandera de la paz, de la solidaridad y del diálogo como instrumento para la construcción del bien común.

Sus expresiones superan la simple defensa de una persona. Ellos le hablan a los que creen en la independencia de las instituciones, a los que rechazan la instrumentalización de la justicia y a quienes lamentan el deterioro al que está destinada la sociedad política si mantiene la traición, la deslealtad y el engaño como los antivalores en los que basan su actuación. Con el optimismo que siempre les ha caracterizado, el padre y el abogado reclaman una reacción más viva y elocuente de aquellos que intuyen que las libertades están en riesgo. Ninguno de los dos representa una ideología en particular, no aspiran a cargos públicos ni están en complicidad con la supuesta entrega y traición de la soberanía nacional.

Estos reconocidos personajes nos piden a todos reflexionar sobre el poder político que otorga el ejercicio de un cargo público. Les exigen repensar sus estrategias a quienes aspiran a llegar o retornar al gobierno de la República. Rechazan cualquier intento de manipular la ley y el Estado de Derecho y animan a otros a vigilar estrechamente a los que ahora tienen la obligación de investigar el delito y administrar justicia. Ni uno ni otro actúa como defensor de las personas que enfrentan la justicia en los sonados casos de presunta corrupción. Su advertencia es más bien la expresión de una justificada sospecha acerca del papel de las instituciones en época electoral. No contraponen su opinión a la ley ni incitan a que prevalezca la impunidad.

En treinta segundos, el erudito y el hombre de Dios, señalan su preocupación por una sociedad enferma, que ha tocado fondo y obligan a meditar sobre el tipo de gobernantes y funcionarios que necesita El Salvador. No lo expresan directamente pero acuden, como San Francisco de Asís, a la fragancia que arroja su prestigio y su credibilidad. Ese santo le pedía a su ayudante que le acompañara a evangelizar. Salían, caminaban, no decían una sola palabra y regresaban al monasterio. El ayudante extrañado preguntaba a San Francisco si la intención no era hablar de Dios a los lugareños. El santo respondía que ya lo habían hecho reflejando con la paz y el gozo de sus rostros que Dios estaba en su corazón.

Que el doctor Escobar Galindo y el padre Mucci decidan intervenir en la coyuntura no es poca cosa. Representa una alerta que la sociedad y principalmente los jóvenes deberían tomar en cuenta. Cada uno en lo suyo, han tenido siempre el cuidado de ubicarse por encima de la coyuntura y del ingenio y creatividad de los políticos, los ciudadanos y las organizaciones. Lo han hecho así, porque saben que la imaginación es "una loca que nos distrae con su alboroto y nos disipa con su algarabía; que nos comunica sus variados temores y nos turba con sus aprensiones, que nos susurra al oído sospechas infundadas, que nos tiraniza con sus ambiciones y nos muerde con su envidia; una loca que nos hace salir de la realidad con fantásticos ensueños llenos de euforia o de pesimismo y que nos instila suavemente el veneno de la sensualidad y del amor propio" (Canals). El poeta y el religioso no se han dejado seducir por la ficción. La han sabido dominar y guiar y han gozado así de esa calma serena que es tan necesaria para asumir el realismo y la verdadera dimensión de las cosas, que evita "alterar la ideas, falsear las situaciones de la vida y deformar a las personas".

Por esa razón es tan importante interpretar el gesto de estos dos grandes salvadoreños. Ellos, con la discreción que les caracteriza, nos piden prudencia, reflexión y defensa. Lo primero para no impedir la aplicación de la justicia a quienes han defraudado al Estado; lo segundo para meditar si las instituciones están asumiendo el papel de un actor político más; y finalmente nos imponen un tercer desafío orientado a proteger la libertad de expresión como la vía por excelencia para denunciar a los que intentan debilitar los cimientos sobre los que descansa nuestro sistema democrático.

*Columnista de El Diario de Hoy.