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Inteligencia racional y voluntad libre

Es triste pero mucha gente, hoy día, ha perdido el amor por lo más importante de la inteligencia que es su capacidad de conocer la realidad. No faltan incluso algunas plumas acreditadas que predican que la inteligencia debe mantenerse en la duda, no en las certidumbres. Son funestos apóstoles del escepticismo o del relativismo. Y lo malo es que ese error lo  aceptan muchos individuos que ante alguien que hable de certidumbres le miran con desconfianza o le llaman fanático. Pero la naturaleza nos dio una inteligencia para conocer verdades y realidades con certeza. Muchas veces estaremos en la duda de algo pero eso mismo debe movernos a salir de ella. Si en los siglos anteriores nos hubiéramos mantenido en el escepticismo no habrían surgido ni se habrían desarrollado la ciencia, la técnica, el arte, etc.; seguiríamos en la prehistoria.

Hay que comenzar por admirarse del hecho de que podamos tener ideas abstractas y no permanezcan nuestras mentes como la de los animales, cuyo conocimiento no rebasa los niveles de lo sensible. Ya Aristóteles supo maravillarse de ese “mágico” poder, exclusivo de los humanos, de poder extraer ideas a partir de los datos que nos ofrecen los sentidos. A algún lector o lectora les puede parecer lo más natural y corriente leer o escuchar la palabra “libro”, o “flor”, o “perro” y saber qué significa cada una de esas palabras sin necesidad de tener delante un libro, una flor o un perro y menos aún sin necesitar, para entenderlo, pensar en un tipo de libro, de qué planta o color es la flor, o la raza y el pelaje del perro. Pero ese tipo de pensamiento abstractivo le está vedado a todo animal, incluyendo a los más listos de ellos.

Pero la ignorancia o desprecio del valor de tener ideas abstractas, sin las cuales seríamos incapaces de captar la verdad de las cosas y serían imposibles los idiomas y la cultura, es consecuencia del maleamiento de la libertad.

Lo “políticamente correcto” es tener una idea falsa de la libertad, entenderla como poder hacer lo que me dé la gana, sin atenerme a normas morales de conducta. Para ello hay que convencerse previamente de que la inteligencia racional no puede llegar a conocer lo que es verdad y lo que es mentira -–escepticismo--  y mucho menos creer lo que moralmente es bueno o es malo. Dirán que lo moral depende de las circunstancias de cada caso: relativismo.

Pero la realidad existe, es firme. Y entre esas realidades están las leyes de la naturaleza y de la moral universal. Es muy necesario captar sin error la verdad de cada realidad, de toda realidad, de lo contrario entramos en el envilecimiento de lo humano, nos animalizamos, nos corrompemos De no aceptar  esas verdades vienen  todas las rebeldías y sus fracasos en felicidad. No toda economía es buena, no toda conducta moral dignifica, no todo lo que pienso que cura enfermedades lo hace, ni se cambia en realidad de sexo por una operación quirúrgica y un ingerir hormonas del sexo que se pretende adquirir  contra la  firme realidad sexual genéticamente establecida, ni todo placer abre la puerta de la felicidad.

Cuando se pierde el sentido de la realidad o se lucha contra ella pretendiendo cambiarla, es cuando surgen los absurdos derechos de las plantas, se queman los gallineros para liberar a las gallinas, se edifican hoteles de lujo para mascotas, atendidas por servidumbre humana, se pide extender los derechos humanos a los grandes simios,  se mantiene que la vida humana solo aparece con la implantación del embrión en el útero, se considera normal y honorable la homosexualidad o se vuelve al disparate de adorar a la madre tierra como una diosa, como propone la carta de la tierra del nuevo orden mundial, más conocido, y con mayor justicia,  como cultura de la muerte.

*Dr. en Medicina.
Columnista de El Diario de Hoy.
luchofcuervo@gmail.com