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El inquilino (una historia de terror)

La historia que a continuación voy a relatar está basada en hechos recientes y completamente verídicos. Contarla tiene dos propósitos: alertar a los involucrados en alquileres de casas y denunciar la pésima legislación sobre el inquilinato.

Román Molinares se presentó ante el agente de bienes raíces como comerciante. Moreno, barba descuidada, grueso, 1.70 m, mirada esquiva, 47 años. En ambos brazos se veían algunos inquietantes tatuajes.

Pero al inexperto corredor, más que los tatuajes y el aspecto sospechoso de Román Molinares, le interesaba la comisión que cobraría. La casa, propiedad de la familia Valverde, estaba ubicada en las afueras de San Salvador y era su único patrimonio. El fruto de 25 años de trabajo.

Era una propiedad fresca, amplia y con un hermoso jardín. Román Molinares se mostró encantado y de inmediato firmó un contrato de arrendamiento por un año. La primera cuota del alquiler fue cobrada por el corredor. El segundo mes el inquilino fue puntual. Los Valverde no lo conocían. Todo, incluyendo el contrato legal lo hicieron a través del agente. Los problemas comenzaron el segundo mes cuando no hubo pago. Aseguró Molinares que pagaría doble al mes siguiente y no lo hizo.

Al tercer mes de falta de pago de arrendamiento y servicios, los Valverde fueron a visitarlo. Y por primera lo vieron. Daba miedo. Pero lo más impactante fue el estado de deterioro de la propiedad. Los servicios de agua y la luz estaban cortados. Vivía solo y según testigos con los que los Valverde hablaron, no salía hasta la tarde o de noche.

Los Valverde entraron en pánico. Imaginaron que dentro de la casa podía estar ocurriendo cualquier cosa. Le pidieron amablemente a Román Molinares que pagara al menos los servicios de luz, agua y seguridad y que se fuera de la casa.

Molinares prometió que el próximo martes pagaría hasta el último centavo y se iría. Los Valverde creyeron. El martes no pagó. Juró que el viernes. Tampoco. Mandó un cheque con el total de lo adeudado, pero no tenía fondos. Y los meses fueron pasando; Molinares, amparado en que tenía un contrato, no se iba y la propiedad decaía.

Los Valverde contrataron a un abogado para poner una demanda. El abogado explicó que no sería fácil la cosa, porque las leyes tienden a favorecer a los morosos. "Esto puede tardar hasta un año", dijo. Mientras tanto la propiedad se hundía en la maleza y el descuido.

Luis Valverde, desesperado, hizo un cartelito. Sacó de facebook la foto de Molinares, cuya conducta cada vez era más cínica, lo etiquetó como moroso y colgó media docena de copias en los alrededores de la propiedad. Llamó a la empresa "Actual", especializada en cobros. Pero de allí le dijeron que no podían tomar el caso porque habían averiguado que Román Molinares acostumbraba a hacer eso como una forma de vida.

Un día Molinares que vivía sin pagar en la casa de los Valverde desde mayo de 2013, prometió por fin abandonar la propiedad el 2 de enero de 2014 y firmar una letra de cambio por el total de la deuda acumulada. Los Valverde respiraron aliviados. Llegado el 2 de enero, ocurrió lo que Luis Valverde sospechaba. Molinares no se fue y prometió al abogado irse antes de las 10:00 de la mañana del día siguiente. No lo hizo. En lugar de eso abandonó la propiedad muy temprano. Luis Valverde ante la tristeza de ver cómo se perdía su patrimonio y la desconfianza que inspiraba el sujeto, contrató un camión de mudanza y frente a dos policías desalojó las cosas de Molinares y las mandó a una bodega de alquiler.

A la mañana siguiente Román Molinares, quien había vivido sin pagar en una casa ajena, girado un cheque sin fondos, sin oficio conocido, llegó acompañado por un nutrido grupo de agentes policiales a la empresa de Luis Valverde.

Los agentes le dijeron a Luis Valverde, ciudadano honrado, de familia y cumplidor con sus impuestos, que tenían que llevárselo preso. Román Molinares esbozó, frente al rostro de Luis Valverde, una sonrisa que helaba la sangre. (Continuará).

* Columnista de El Diario de Hoy. marvingaleasp@hotmail.com