Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

Inolvidable

Querido lector, le pregunto: ¿a quién pusiera usted de ejemplo para sus hijos? Yo me solidarizo con Paco Flores, y lo digo con orgullo. Sólo me queda la esperanza de que mis hijos hayan aprendido algo de él

Dicen que la vida es para ser vivida y no para ser comprendida. Yo nunca pretendería comprender una vida ajena, ni mucho menos la de una persona tan especial como Francisco Guillermo Flores Pérez. No sé si fue por la sangre de su abuelo, de su madre o de su padre, o de la combinación de éstas, pero Paco siempre vivió de lleno su vida en sus términos. Vivió con base en lo que le llamaba a hacer su prodigiosa inteligencia, la cual definió claramente sus valores y principios. Sus convicciones le llevaron a ser amado por los que lo conocían mejor: su esposa, sus hijos, sus hermanos y amigos.

 Todos lo recuerdan por su sentido del humor agudo y su profunda conversación. Su familia lo acompañó, sabedora de que era un hombre de bien, hasta en las más difíciles circunstancias. Compartir un tiempo con él siempre fue una oportunidad para disfrutar de sus ocurrencias y para aprender de su filosofía de la vida, refinada por la mucha lectura y la puesta en práctica. Era amante de los niños y los perros, tal vez porque sentía que en ellos no existe la hipocresía. Es irónico que sus detractores y acusadores, en los últimos años, son todos políticos sin solvencia moral, incapaces de mantener una familia o una comunidad unida, que espetan un discurso de odio y división.

 Querido lector, le pregunto: ¿a quién pusiera usted de ejemplo para sus hijos? Yo me solidarizo con Paco Flores, y lo digo con orgullo. Sólo me queda la esperanza de que mis hijos hayan aprendido algo de él.

Paco gozaba de su juventud hasta hace poco, hasta que su salud se fue deteriorando por las injusticias, por el tiempo en la cárcel, por la tensión extrema constante de cada día, porque le fue negada la pronta atención médica cuando la necesitó. Se entregó voluntariamente a la justicia salvadoreña, confiando en que se pudiera hacer justicia, pero el sistema lo traicionó. Cuando necesitó hacerse una operación de la vesícula, le negaron el permiso. Cuando necesitó hacer ejercicio para darle tratamiento a su condición médica, le negaron el espacio. Lo humillaron y encarcelaron. Lo exhibieron y lo maltrataron, de una forma que ni se trata a los que le disparan al pecho a la policía, o manejan en estado de ebriedad y chocan su automóvil y matan al pasajero. 

Paco tenía 56 años y su cuerpo nunca se contaminó con drogas ni alcohol. Era disciplinado en su régimen de ejercicio diario, como en su lectura, como en todo en su vida. Hubiera durado y producido mucho más si no lo hubieran asesinado negándole el tratamiento médico que necesitaba recibir oportunamente.

Aún siendo un hombre justo, cuando lo acusaron falsamente, los que lo rodeaban por interés, lo abandonaron. Su partido fue el primero en darle la espalda. “No nos interesa. Que se defienda como pueda”, dijeron. Cuando el juez encargado de su caso se atrevió a pedirle respeto a la querella, lo cambiaron. Al que mostrara simpatía por Paco, lo acribillaban. Hubo médicos que le negaron atención, para evitarse inconvenientes. Solo quedaron unos pocos valientes a su lado, los amigos que vale la pena tener. Cuando su hijo (¡Tan buen muchacho! ¡El orgullo de cualquier padre!) le apoyó públicamente por las redes sociales, los troles se lo acabaron inmisericórdemente. Piense usted, querido lector, ¿es este El Salvador que usted quiere dejarle a sus hijos? ¿Usted todavía cree que lo que le pasó a Paco no le puede pasar a usted, o a su hermano, o a su hija?

Yo me decepciono de mi país. Siento la injusticia con que trataron a Paco, lo que le llevó a su muerte, en mi piel. No temo hacer pública mi empatía, porque lo conocí y sé que fue el mejor Presidente que tuvo El Salvador en los últimos años. Lo que hicieron con Paco lo hicieron conmigo, con mi amor por la Patria, con cualquier ideal de un país mejor que tuve alguna vez. Y, querido lector, aunque usted no se haya dado cuenta, lo han hecho con usted también. La Patria ha perdido a un hombre noble y a un buen líder, víctima del odio que se respira en el ambiente en el país que lleva el nombre de El Salvador.