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Infiernos fiscales

Convertirnos todos en pobres para sostener un Estado elefantiásico solo nos lleva a más depresión económica y desesperanza

Todos tenemos una idea aproximada de lo que es un paraíso fiscal, gracias al imaginario colectivo, todos hemos oído hablar de ellos. Cuando pensamos en “paraíso fiscal”, nos valemos de informaciones estereotípicas que van desde el sonriente hombre de negocios que acarrea un maletín lleno de papelitos verdes, hasta jets privados que aterrizan junto a playas interminables con palmeras a punto de tocar aguas cristalinas.

Cuando hablamos de “paraísos fiscales” empezamos por un error de traducción que no es casual ni irrelevante. “Tax haven” significa “refugio fiscal”, no “paraíso” (heaven). Es una diferencia semántica muy importante. No es lo mismo un “refugio” (consecuencia de un ataque confiscatorio) que un “paraíso”. Es importante, porque ese error de traducción ocurre, no por casualidad tampoco, en los países donde triunfan las políticas más intervencionistas. Los activos de los bancos en refugios fiscales han aumentado aproximadamente en diez trillones de dólares desde el año 2001. Según la Universidad de Harvard, el aumento de esos activos viene casi siempre después de incrementos de la presión fiscal con unos doce meses de diferencia. Es decir, el movimiento de capitales es una tendencia lógica cuando esos capitales perciben que viven un “infierno”, un infierno de naturaleza fiscal, percepción que usualmente se da tras las subidas de impuestos al capital, a los bienes, al consumo o a las utilidades. 

Otro mito es que todo dinero que escapa de un “infierno fiscal” es un dinero ilegal. Según Tax Justice, los cincuenta mayores bancos gestionan 12,1 trillones dólares en activos offshore. Esos datos son conocidos respecto a operaciones que son legales, inversiones y cuentas de corporaciones. La mayoría corresponde a empresas que tienen acuerdos comerciales multinacionales y que consiguen dos propósitos: Uno,  crecer y desarrollar sus actividades en el mundo sin caer en doble imposición, lo cual genera muchos más beneficios sociales, empleo y riqueza que un artificial y siempre contraproducente control de capitales.  En segundo término, logra salvaguardar fondos de las garras tributarias de países sedientos de trasfusiones de capital fresco, usualmente debido a lo obeso de sus presupuestos estatales. Dos ejemplos modernos que confirman la urgente necesidad de escapar de infiernos fiscales: Venezuela y Argentina. 

Un reciente estudio de la Universidad de Harvard concluye que la evidencia empírica muestra que los refugios fiscales no reducen la actividad económica en los países de alta fiscalidad, sino que la aumentan debido a que reinvierten sus depósitos mayoritariamente en deuda soberana, acciones y proyectos empresariales en países de la OCDE y de alta fiscalidad, ello sin olvidar el hecho que muchos de esos fondos provienen de ciudadanos honestos que buscan sacar su dinero de regímenes dictatoriales o represivos.

Cuando un Estado habla de “ayudar a los pobres” hay que temblar: no es el llamado de Jesucristo a Zaqueo: el llamado del justo al pecador para que se convierta y regrese lo robado. Cuando el Estado hace un llamado a la justicia social distributiva, irremediablemente su intención se traduce en subir los impuestos a todos y es que un Estado “confiscatorio y popular” nunca tiene suficiente. Ahorrar en épocas de bonanza, para los funcionarios públicos es simplemente una palabra desconocida, sino miremos a Brasil, tan rico durante el “boom” de las materias primas y tan pobre cuando existe un cambio en los veleidosos vientos del mercado. 

¿Queremos un Estado menos voraz en términos fiscales y más eficiente con el manejo de los limitados recursos con que cuenta? Entonces como sociedad civil, exijamos transparencia. Exigir transparencia tiene su riesgo: que el Estado, con todo su poder de legislar, nos quiera triturar entre sus mandíbulas persecutorias, vía acoso fiscal, tal como está sucediendo actualmente en El Salvador cuando los legisladores, debido al rechazo de la sociedad civil respecto a la nueva contribución especial para la seguridad, “casualmente” propone un endurecimiento de penas para los deudores del fisco. Exigir transparencia por parte de la sociedad civil es un pecado que en un infierno fiscal se paga con más años de cárcel por evasión. Un claro mensaje: “deja las cosas como están, o el próximo encarcelado serás tú”.  

Los controles de capital, la política del avestruz y el Estado paternalista no nos conducen a otra cosa más que a la igualdad en la miseria, los ejemplos en Latinoamérica están a ojos vistas, tan claros que ya ni vale la pena mencionarlos otra vez.

Para mí es evidente: buscar la igualdad a cualquier precio es desincentivar la creación de riqueza y empobrecer a todos. Atraer capital y crear riqueza, mejorando la renta disponible de todos, genera más oportunidades y crecimiento. Convertirnos todos en pobres para sostener un Estado elefantiásico solo nos lleva a más depresión económica y desesperanza. Si no nos gusta que los contribuyentes huyan a un paraíso fiscal, la mejor forma de evitarlo es que no nos convirtamos en un infierno fiscal. 
 

*Abogado, Master en Leyes.      
@MaxMojica