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La indignación que puede motivar un cambio en seguridad

Los salvadoreños merecemos algo mejor. Las imágenes de ciudadanos laboriosos, que decidieron transportarse como pudieron para no perder un día de trabajo, fueron realmente conmovedoras y enorgullecedoras

La semana pasada fue caótica. Las pandillas lograron, por segunda vez, afectar las actividades cotidianas de los salvadoreños y ocasionar significativas pérdidas a la economía nacional, a través de una muestra de fuerza orquestada en todo el país. La noticia dio vuelta al mundo.

Fotografías de salvadoreños transportándose en pick-ups y el despliegue de tanquetas en la capital fueron publicadas por medios internacionales, acompañadas por relatos que pintaron nuestro país como una de esas ciudades africanas que Hollywood proyecta en sus películas como tierras de nadie, en donde la vida no vale nada, la corrupción es rampante, los criminales hacen su antojo y las autoridades son temidas únicamente por las personas honestas.

Durante esos días del “paro”, se percibió una extraña combinación de abandono, temor e impotencia, que rápidamente despertó en los salvadoreños coraje para seguir adelante y superar los obstáculos, pero, sobre todo, el valor de señalar las deficiencias de los funcionarios y gobernantes, y reclamar transparencia y resultados. El papel que jugó el Ejecutivo fue tan malo que sembró esa semilla de descontento que ha aflorado en críticas y exigencias generalizadas. Aunque por el momento esto se limita a contextos privados y la anonimidad de las redes sociales, con el tiempo tiene el potencial de germinar en un movimiento organizado que produzca un cambio significativo en la política salvadoreña y la eficacia de las instituciones públicas.

Los que aún no estaban convencidos, lo que vivió El Salvador la semana pasada los persuadió a favorecer y apoyar la instalación de una entidad foránea que ayude en la lucha contra la delincuencia y, en especial, la corrupción. El caos fue tal que hasta algunos de los tuiteros más afines al oficialismo hicieron comentarios que tímidamente dejaron entrever su descontento con el abordaje de la crisis.

Quedó claro que entre los políticos no existe ni la más mínima intención de solucionar los problemas críticos del país. La oposición no fue capaz de articular algo que fuera más allá de las tradicionales secuencias de ataques y contraataques. El partido oficial mostró, una vez más, que los intereses partidarios están sobre los de la ciudadanía y cualquier otra cosa. Los demás partidos del bloque oficialista se limitaron a hacer absurdas propuestas populistas, pidiendo la muerte de pandilleros sin proponer algo constructivo, que fortalezca el combate contra la criminalidad. Resolver el problema, al parecer, simplemente no es prioridad.

Los salvadoreños merecemos algo mejor. Las imágenes de ciudadanos laboriosos, que decidieron transportarse como pudieron para no perder un día de trabajo, fueron realmente conmovedoras y enorgullecedoras, pero al mismo tiempo alimentaron un sentimiento generalizado de indignación que ahora parece habitar en el corazón de la mayoría. Hombres, mujeres y niños apiñados como sardinas, tambaleándose al ritmo de la cama de los pick-ups en los no dudaron ni un segundo en subirse para llegar a sus destinos. Todo como consecuencia de la negociación entre el Estado y las pandillas. 

No tenemos que quitar el dedo del renglón. Los malos políticos buscarán marchitar ese sentimiento que ahora une a la mayoría de salvadoreños y que, con el tiempo, los llevará a exigir de forma unánime resultados, transparencia y eficiencia a los funcionarios públicos en el contexto del combate contra la criminalidad. No caigamos en la trampa. No nos distraigamos con las cortinas de humo del oficialismo o los aborrecidos pleitos políticos-partidarios. Aprovechemos esta coyuntura para crear los mecanismos y adoptar medidas que obliguen a los burócratas a anteponer los intereses de los ciudadanos sobre cualquier otra cosa. 

*Criminólogo.
@cponce_sv