Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

La indiferencia nos mata

La noche del 21 de septiembre de 2010, los salvadoreños estaban tan conmovidos y preocupados por despedir con mensajes, dibujos, saludos por la radio, aperturas de noticiarios de televisión y otras multitudinarias demostraciones de filialidad a Manyula, la elefanta de 59 años que había sido por décadas la atracción del Zoológico.

A esa misma hora, la angustia y la incertidumbre hacían presa de una familia en la Basílica de Guadalupe. Ninguno de los que llegaban podía saber o entender qué sobrecogía a esos padres y hermanos en la soledad nocturna frente al altar. Su hijo, Nelson Rivera, jugador del Isidro Metapán, se debatía entre la vida y la muerte en la unidad de cuidados intensivos de un hospital privado. Al final, falleció.

Era una de las 15 víctimas que cobraba a diario la violencia entonces de la misma manera que ahora, cuatro años después.

Salvo demostraciones de condolencia en el mundo del fútbol y entre la afición, la posterior muerte de Rivera pasó casi inadvertida porque la del paquidermo parecía más importante, sublime y merecedora de derroche de sentimentalismo.

Yo no dejé de sentir una inmensa pena ajena porque la humanidad y la solidaridad quedaron de lado.

Y no está malo amar la naturaleza y los seres vivos que nos rodean, pero a diario mueren hasta 20 personas a manos de criminales sin corazón y en nosotros no pasa de un momento de compasión cuando vemos las historias en los medios y luego nos olvidamos. Mientras no nos toque a nosotros, hay que vivir la vida...

Por eso, el asesinato de una bebé de 18 meses en el puerto de La Libertad, que tanto ha conmovido estos días, no dudo que pasará a ser otra fría estadística la próxima semana.

"¿Y qué vamos a hacer?", me dirán algunos; otros alegarán que "para eso están las autoridades" y tantas otras reacciones; algotros se tranquilizarán creyendo que haciendo manifestaciones y monumentos "por la paz y la reconciliación" conmoverán a los pandilleros y criminales, a los que seguramente esos gestos les resultan estériles y hasta hilarantes.

El gran problema de la violencia y la criminalidad desbordantes en la actualidad radica en la pasividad de nosotros como ciudadanos.

Lo que tenemos que hacer es exigirle a las autoridades que hagan su trabajo, que prioricen la seguridad, que liberen las comunidades tomadas por los criminales, que hagan valer la ley, que algunos jueces no traten de jugar al "héroe" o la eminencia en derechos humanos y se valgan de esto para liberar a tanto desalmado.

Esos derechos humanos y preocupación no existen en la mente de los asesinos más que para cuando tienen que rendir cuentas ante la justicia y lastimosamente siempre encuentran quién los consienta con garantismos y leguleyadas.

Creo que la mayoría de jueces son probos y capaces, pero comparto la visión del presidente en funciones de la Corte, Florentín Meléndez, de que la corrupción permea al aparato de justicia y que también debemos exigir y luchar por que no nos arrase con él y nos convirtamos en un Estado fallido.

Debemos vencer la pasividad y la comodidad, pues cada jornada se convierte en una ruleta rusa en la cual sabemos a qué hora salimos, pero no a qué horas regresaremos y si lo lograremos.

La salida más fácil es la indiferencia y la falta de solidaridad con los que sufren.

Si tanto hablamos de justicia social y de la opción preferencial por los pobres, por allí deberíamos de comenzar a ayudarles, con planes efectivos para desplegar fuerzas de seguridad, recuperar territorios y mantener y desarrollar esas comunidades. ¿De qué sirven refrigerios, uniformes y zapatos escolares si los alumnos y sus maestros están amenazados o en cualquier momento pueden ser asesinados? ¿De qué sirve tanta redada, más que para propaganda, si a los días las comunidades se han abandonado y los malos vuelven a la calle a hacer las suyas?

Pero, también, ¿de qué sirve tanto hablar de los pobres y la "recuperación del tejido social" y todos esos eufemismos si la gente no tiene trabajo porque no hay inversión?

Lo más fácil es poner más impuestos, en lugar de atraer más empresas que den trabajo y que paguen tributos y muevan la cadena productiva.

Eso es lo que tenemos que exigir para cambiar al país y darle un futuro mejor. Si no, seguiremos en el círculo vicioso de la violencia y parecerá, como me quedó la triste impresión a mí desde entonces, que la vida de un elefante vale más que la de un ser humano.

*Editor Subjefe de El Diario de Hoy.