Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

Inconformidad productiva

Es el tiempo del hombre inconforme, lo vemos en las marchas, las protestas, las quemas de llantas, en los discursos políticos. Desde hace décadas, América Latina se convirtió en la patria del hombre inconforme, de aquel que se sabe derrotado constantemente, frustrado, obsesionado con y por su inconformidad.

La inconformidad por no tener lo que tiene el otro, por no tener el cuerpo del otro, la mujer del otro, el empleo del otro, la ideología del otro, la personalidad, el celular, la cuenta bancaria, el guardarropa, el carro, lo que sea. Éste inconforme moderno desea y es cautivo de su deseo, pero lamentablemente y de forma incompresible, no hace nada por que su inconformidad se convierta en "productiva". Paradójicamente, el inconforme ha llegado a pensar que la mejor forma de tener lo que tiene el otro es quemando llantas o cerrando importantes calles, parece que alguien lo ha convencido que gritando, vociferando, reclamando, exigiendo, es la mejor forma de llegar a tener lo que el otro tiene.

Al inconforme alguien lo ha convencido que la protesta es el mejor medio de tener lo que desea. A ese inconforme aparentemente nadie le ha dicho que el secreto del éxito del otro no es otra cosa más que el estudio constante, el esfuerzo, las horas extra, el sacrificio, el riesgo de poner un negocio; que fue el trabajo y la superación constante lo ha hecho progresar. Para sorpresa del inconforme, quien progresa también es inconforme, sólo que el que ha progresado conoció la "inconformidad productiva", esa que lo hace inquieto, emprendedor, dispuesto al riesgo.

La inconformidad productiva es una deliciosa dolencia que te hace conocer el sol al amanecer, porque te sorprende cuando pasaste toda la noche estudiando para ese importante examen o cuando te levantas de madrugada porque tienes trabajo que hacer.

El inconforme no se da cuenta que esa inconformidad viene no de su ser individual sino del condicionamiento cultural, en el cual ha intervenido bastante la publicidad negativa de políticos que lo instrumentalizan, ya que ésta ha sido programada en que si a él le falta algo, es porque alguien más se lo ha quitado; al inconforme lo han convencido que la sociedad, toda, en pleno, está en deuda con él y por ello, por esa deuda histórica que toda la sociedad adquirió con sus abuelos, padres y que ahora tiene con él (por que el inconforme usualmente desciende de una larga línea de inconformes), ahora él puede legítimamente descansar en su hamaca para levantarse a protestar de cuando en cuando, cuando la necesidad aprieta.

Este deseo de tener algo, ese deseo mal entendido que ese "algo" que quiere le pertenece, pero "gratis", configura el gran mal latinoamericano de nuestros tiempos (tal vez de todos los tiempos): la falta de convencimiento que la responsabilidad de mi futuro está en mis manos, que el presente y futuro de mi familia depende de mí, que tengo una responsabilidad social que descansa en mis hombros de hombre, que a mis hijos les debo de dar de comer yo.

Lo bueno con esto sería empezar por reconocer que vivimos rodeados de un entorno que necesita de la inconformidad, pero no de esa inconformidad que nos hace ser unos resentidos crónicos, sino de esa "inconformidad productiva", de esa sensación de carencia que nos impulse a seguir produciendo, a seguir estudiando, a seguir progresando, lo cual genera un circulo virtuoso, porque entre más progresamos nosotros, nos convertimos en generadores inconscientes de enormes beneficios para la sociedad en general, ya que nuestra inconformidad productiva se traduce en empleos, empresas, salarios, innovación. Al final de cuentas, siempre está en el interior de cada uno de nosotros elegir qué tipo de inconformidad queremos vivir, y es que, como tantas veces se ha dicho, cada uno de nosotros es arquitecto de su propio destino.

Será esa necia realidad la que nos confronte a nosotros mismos y nos haga realizar que nuestro bienestar depende siempre de nosotros y no de los demás; será más fácil comenzar a acceder a esa sabiduría que yace en nuestro interior, en nuestro libre albedrío, en nuestra mente, ya que entenderemos que el bienestar no depende de lo que nuestro entorno nos ofrece sino de lo que cada quien es/hace/elige en su interior.

Ojalá en este 2015 que ahora inicia, estar inconformes nos sirva para potenciarnos, o dicho de otro modo, que esa inconformidad nos devolviera el hambre de conquistarnos, de conocernos, de investigar, una inconformidad productiva, potenciadora del yo que alza la mano en aras de liberación y reconocimiento de su identidad. Ojalá que en El Salvador sigamos siendo inconformes, pero no de los que queman llantas, sino de aquellos que trabajan por el bien de todos.

*Colaborador de El Diario de Hoy.