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Lo importante no es la deuda

Preocupa que la deuda del Estado crezca a un ritmo cada vez más rápido en los últimos diez años, y que actualmente alcance cotas nunca vistas, de hecho las más altas históricamente tanto en números absolutos, como en porcentaje del PIB.

Hemos pasado de poco más de cuatro mil millones de deuda pública en el año dos mil, a más de quince mil millones en el presente. Un dato que, cuando se muestra como porcentaje del PIB (del 26.5 % hemos llegado al 55 %) indica al menos tres cosas: que nos hemos endeudado a mayor ritmo, que el compás del crecimiento económico se ha estancado, y que si continúan esas dos variables habrá problemas de pago de la deuda en un futuro no muy lejano.

Sin embargo, contrario a lo que con frecuencia se piensa, estar endeudado no es malo en sí mismo para un país. Japón, el país con la deuda más grande del mundo, debe el 240 % de su PIB, y Zimbabue, el segundo en el ranking tiene una deuda que alcanza el 202 % de lo que produce. Claramente, Japón no dispara las alarmas de los organismos financieros internacionales, pero Zimbabue, y los otros que le siguen en la clasificación de los más endeudados: Grecia, Jamaica y Eritrea sí que lo hacen.

La diferencia no es solo lo que deben, sino la capacidad de pago que se les supone. Paralelo a lo que sucede con una persona, quien tiene un salario estable y una reconocida trayectoria de sanidad en sus finanzas, es siempre un cliente apetecible para los bancos y entidades financieras; mientras que el que tiene ingresos inciertos y además es irresponsable con el manejo de sus obligaciones económicas, está mal calificado a la hora de otorgarle créditos o refinanciamientos.

Entonces, no es el tamaño de la deuda lo que importa, sino la capacidad de pago a futuro. Que, en el caso de los países, se refleja por la combinación de una sana administración gubernamental de la política de recaudación de impuestos y del gasto público, junto con niveles de crecimiento sostenido de la producción de bienes y servicios.

El dato bruto de la deuda en sí, o incluso el dato ponderado de la misma en relación al PIB son solo indicadores que orientan acerca de la situación financiera de un país, pero no son definitivos. Aplicar el mismo rasero a Japón y Zimbabue, y peor aún, tomar las mismas decisiones y medidas para controlar la deuda en países tan disímiles, no solo es irresponsable, sino también perjudicial.

Según los expertos, el manejo sano de la deuda pública depende en buena parte de las tasas de interés. Y ésta, a su vez, de la capacidad de producción que tiene un país y de la abundancia o escasez de dinero. El hecho de estar dolarizados favorece nuestra economía, pues las tasas de interés en los Estados Unidos están a un nivel muy bajo, lo que permite al país mayor margen de maniobra a la hora de manejar la deuda pública.

El problema, entonces, no es si nos endeudamos o no, sino si somos capaces en primer lugar de hacer que el dinero proveniente de préstamos sea productivo, es decir que sea determinante para lograr mejores tasas de crecimiento económico; y en segundo lugar si no despilfarramos los fondos.

Por lo visto, las dos condiciones anteriores son de complicado cumplimiento, pues el gobierno se está endeudando principalmente para gasto corriente y no para gasto de inversión, por una parte, y por otra se ve cada cosa en el uso de los fondos estatales que uno termina por convencerse de que el problema no es precisamente el endeudamiento.

*Columnista de El Diario de Hoy.

@carlosmayorare