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La iglesia frente a la muerte

El Salmo 49 es la letra de un canto antiguo que habla sobre lo efímera que es la vida. Sin importar la condición de los seres humanos una cosa tienen en común: "nadie vive para siempre sin llegar a ver la fosa". Luego, utilizando una figura bucólica dice: "Como a rebaños que están destinados al sepulcro, hacia allá los pastorea la muerte". El recurso resulta solemne pues a pesar de ser un cuadro tétrico no deja de carecer de hermosura. De la misma manera que el pastor dirige a sus rebaños de regreso al redil, el Salmo pinta a la dama de la guadaña como la pastora que diligentemente dirige a los seres humanos hacia el sepulcro. Frente a la inevitabilidad de la muerte, la esperanza en Dios surge como la única escapatoria: "Dios me rescatará de las garras del sepulcro y con él me llevará". Se reitera así el permanente enfrentamiento entre Dios y la muerte. La oposición de Dios a las diversas formas de muerte es un tema constante a lo largo de las escrituras.

La futilidad de la vida en el día a día sangriento de los salvadoreños merece ser evaluada desde este marco bíblico. La violencia como expresión cotidiana de la sociedad indica que ésta se encuentra en una condición de pecado. Algunas veces la relación entre el hechor y la víctima es lo suficientemente evidente como para identificar al autor del pecado. Otras veces, la violencia se esconde en la manera que se tiene de vivir en comunidad y la relación entre víctimas y victimarios ya no es tan clara. Esto conduce a la pregunta: ¿Es el pecado algo personal o estructural?

La respuesta no es difícil, lo estructural determina lo personal y viceversa. Tanto las personas como las estructuras sociales necesitan de la conversión. Pero ésta solamente ocurre cuando el individuo y la sociedad reconocen sus acciones como pecaminosas, se arrepienten y se vuelven al Dios de la vida. Esto produce una transformación que permite adoptar nuevos valores y estilos de vida que tienen como centro el respeto al valor sagrado de la vida. En esto consisten las buenas nuevas de la fe, en la esperanza de llegar a un hombre nuevo y a una sociedad transformada. La misión de la iglesia es la de testificar de esa esperanza para presentar una forma alterna de vida. Las condiciones de pecado que se viven en El Salvador, donde la pastora muerte arrastra soberana a muchos jóvenes y niños al sepulcro, deben conducir a la iglesia a hacer una reflexión honesta sobre su acción evangelizadora. Ésta no debe limitarse a los métodos tradicionales del evangelismo individual sino que debe ampliarse para incidir en la sociedad. La violencia y la muerte nacen en la intimidad del corazón del hombre y, de allí, va modelando la vida en sociedad. Se llega a un punto en que las estructuras sociales adquieren una configuración pecaminosa: excluyendo, violentando, abusando, generando conductas agresivas.

La iglesia, poseedora de un poderoso mensaje de transformación, debe ejercer su acción valiente de incidencia para convertir conductas, cambiar esquemas, señalar el pecado y brindar esperanza. En las horas más oscuras, la iglesia siempre ha tenido luz. En estos momentos tristes de nuestra historia se requiere de una iglesia que sea defensora de la vida.

*Colaborador de El Diario de Hoy.