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A mi Iglesia Católica

Benedicto XVI y Francisco han dado pasos importantes orientados a proteger a los niños. A los laicos, clero y religiosos de El Salvador nos corresponde profundizar ese proceso

Soy católico.

No participo en la jerarquía de la Iglesia. Es evidente que teólogo no soy. Y apenas conozco la catequesis básica, más un poquito que aprendí en el Liceo Salvadoreño y en el movimiento juvenil Renovación Marista (Remar).

No soy de los laicos más devotos ni estoy cerca (lastimosamente) de los más santos. Sólo soy un laico y, como tal, soy parte de la Iglesia.
La Iglesia no es el clero. Ni siquiera el Papa. La Iglesia es toda la comunidad. Somos todos juntos: la jerarquía, nosotros los laicos y los religiosos. Y nuestra cabeza es Jesús.

Recientemente ocurrió un hecho que sacudió a nuestra Iglesia en El Salvador. Uno de los principales jerarcas de mi diócesis fue suspendido por el abuso sexual de una niña en los años 80’s.

No puedo imaginar el dolor que ella habría sufrido (y que probablemente sigue sufriendo). No puedo imaginar el dolor de su familia. 

Fue un hecho terrible y la responsabilidad sobre el mismo es del sujeto que lo cometió. Y si hubo personas (sacerdotes o no) que en todo este tiempo conocieron esos hechos y omitieron informarlo a las autoridades eclesiales y estatales, pues ellos también serían responsables.

Nosotros, la Iglesia, no somos responsables. Somos una comunidad que trasciende de ese (o esos) individuos. Y la actuación de él (o ellos) también nos ha dañado. Aunque, evidentemente, nuestro dolor no puede compararse con el de esa señora y su familia.

Este es un momento para que hagamos vida eso que pregonamos sobre la opción preferencial por los más débiles, por las víctimas. En esta coyuntura eso significa que todos (laicos, clero y religiosos) apoyemos, acompañemos y oremos por esa señora y su familia.

En este caso las víctimas son la señora y su familia. No es monseñor Delgado ni el clero ni nosotros, la Iglesia. 

Es probable que nuestro apoyo a esas víctimas les dé paz y consuelo. Pero siendo firmes en la opción preferencia por las víctimas se puede evitar que esto vuelva a suceder en nuestra Iglesia.

Es probable que así se creen condiciones para que otros niños víctimas de abusos derriben la barrera del miedo. Nos corresponde a la Iglesia promover que las víctimas denuncien. Que denuncien a los agresores y a quienes los encubren; sin importar quiénes sean. Que los denuncien ante las autoridades eclesiales (para que se inicie el proceso canónico respectivo), y ante las autoridades estatales (para efecto del proceso penal).

Con la opción preferencial por las víctimas es probable que el miedo se traslade de ellas a sus victimarios. Ellos deben saber que la Iglesia no les serviremos de escudo. Aunque nos cueste, nos corresponde perdonarles; pero eso nunca significará encubrir sus delitos.

El clero, los laicos y los religiosos no debemos esconder esos delitos bajo la excusa de evitar el escándalo. Los victimarios deben saber que nosotros no dudaremos en denunciarles ante las autoridades eclesiales y las autoridades estatales.

Benedicto XVI y Francisco han dado pasos importantes orientados a proteger a los niños. A los laicos, clero y religiosos de El Salvador nos corresponde profundizar ese proceso.

Convirtamos este hecho doloroso en una oportunidad para comprometernos en proteger a los niños. El reino de los cielos es de ellos.

P.D. discúlpenme por usar este espacio para hablar de mi Iglesia. Me pareció que el caso merece que en la Iglesia hablemos abiertamente sobre este tema. Me puedo haber equivocado; todos en mi Iglesia nos equivocamos. En la próxima columna vuelvo a aburrirles con los temas usuales.
 

*Colaborador de El Diario de Hoy. dolmedo@espinolaw.com