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El ideal a seguir

Todos queremos un país en paz, un lugar seguro y civilizado para vivir. Esto es posible si las instituciones funcionan como debe ser y la justicia se aplica de manera correcta

Todos hemos visto la imagen alguna vez. Es una dama que tiene los ojos vendados. Con una mano alza una balanza y en la otra tiene una espada. A lo largo de la historia ha tenido algunas transformaciones (no siempre se le representó con venda), pero son estos tres elementos los que han prevalecido. La que vemos ahora es una combinación de la diosa griega Themis y su equivalente romana, Iustitia. Es la representación de la Justicia. Indica un ideal, de cómo debería ser y cómo se debería aplicar. 

La espada simboliza la autoridad y la fuerza, necesarios para infundir respeto a todas las personas y temor a los que transgreden la ley. La balanza significa equidad, la igualdad de condiciones de las partes y la indicación de que lo que debe prevalecer es el peso de la evidencia. La venda, el símbolo menos antiguo pero más claro, quiere decir que la justicia se imparte sin apasionamiento, sin ver condición social, raza, afinidad y otros factores ajenos a lo que se juzga.

Todo forma un equilibrio que busca la justicia, es decir que busca la verdad. Si uno de estos elementos no se da, el equilibrio desaparece y la justicia falla. Cada uno complementa al otro. Como bien explican juristas destacados una espada sin su complemento, la balanza, lleva a injusticias pues implica la fuerza bruta, Una balanza sin espada tampoco funciona, es la negación de la ley, pura apariencia.

Pero estos elementos no actúan por sí mismos, son atributos de alguien, el que imparte justicia. De su sabiduría y objetividad depende todo. Difícil y delicada labor la de los impartidores de justicia. Ellos, a diferencia de la representación, no son dioses sino seres humanos, y como tales están sujetos a imperfecciones y debilidades. 

Nosotros, los ciudadanos comunes, que no tenemos la responsabilidad inmensa de impartir justicia, también juzgamos, ciertas veces con más criterio que otras. Pero no llevamos en mente el equilibrio señalado y, en realidad, con frecuencia lo hacemos mal. Muchas veces juzgamos sin venda, sin balanza y, aunque no tengamos espada, hacemos como si la tuviéramos.

Si el pueblo juzgara y no los jueces se cometerían muchas injusticias. El pueblo es más dado a la pasión que a la objetividad, la espada sobre la balanza. Juzga por impulso, toma fragmentos de los hechos y los tiene como suficientes. Le basta con lo que oye o lee, sin tomar en cuenta que para juzgar debe tenerse en cuenta toda la evidencia y no solo una parte. Es arriesgado porque por un afán de justicia crea víctimas.

Uno de los peligros de vivir en una sociedad tan plagada de criminalidad es que se va creando la idea de que todo acusado es culpable. La indignación, la saturación por tantos hechos criminales puede llevar a ignorar derechos y hacer lo opuesto de lo que dicta la ley. El actuar sin tomar en cuenta los derechos no solo afecta a algunos sino que resta valor a todos los miembros de la sociedad.

Todos queremos un país en paz, un lugar seguro y civilizado para vivir. Esto es posible si las instituciones funcionan como debe ser y la justicia se aplica de manera correcta. La imagen de la justicia será siempre un ideal, uno que indica, entre otras cosas, que todo ciudadano tiene valor y merece ser tratado con dignidad.


*Médico psiquiatra.
Columnista de El Diario de Hoy.