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Humanizando el debate migratorio

Esta semana el presidente Obama a través de un decreto ejecutivo alivió la situación legal de millones de inmigrantes indocumentados. El alivio era necesario pero la forma no es la mejor: por ser decreto sus efectos son deprimentemente temporales- podrían ser revertidos por el sucesor de Obama u obstaculizados a través de controles presupuestarios por el órgano legislativo bajo el control republicano.

Muchos se oponen a normalizar la situación de los indocumentados, y entre los argumentos podrá haber posturas dignas de considerar en un debate sin fanatismos ideológicos, sobre todo aquellas relacionadas al equilibrio de poderes, la seguridad nacional y el Estado de Derecho. Lo inadmisible es que sigan teniendo cabida en el debate argumentos en oposición basados en el racismo, las generalizaciones desinformadas, el nacionalismo y el desconocimiento de principios económicos básicos.

Los medios conservadores en Estados Unidos se han encargado de desinformar a la ciudadanía para construir su agenda de oposición al concepto de fronteras abiertas, en una descarada inconsistencia a los argumentos de libre mercado que en teoría dicen defender. Una de las tácticas usadas ha sido la representación desproporcionada de los indocumentados como criminales, a través de imágenes o reportajes sensacionalistas. Lo que esto ha causado es que mucha gente comience a equiparar la situación de irregularidad migratoria con criminalidad, en contravención con cualquier principio de derecho penal. Si bien entre los once millones de inmigrantes en situación irregular existe una minoría que ha cometido delitos por los que deben ser castigados, sólo esta minoría inunda las noticias. Muy poco se dice sobre la mayoría trabajadora compuesta por emprendedores, niñeras que permiten que otras mujeres puedan continuar en la fuerza laboral, o los millones que, habiendo entrado involuntariamente cuando bebés se han convertido en estudiantes de las mejores universidades estadounidenses, sin nada que envidiarles en cuanto a capacidades académicas a sus pares nativos o en situación migratoria legal.

Considerar que la mayoría de inmigrantes sin documentos, esa que mueve la economía estadounidense y contribuye a la latinoamericana con las remesas es criminal y debe ser deportada sólo porque una minoría ha cometido crímenes en cantidades estadísticamente irrelevantes, no es más que una falacia argumental.

También es falso que el indocumentado "quite" a la sociedad estadounidense más de lo que aporta: debido a que no están "en el radar" no tienen acceso a ningún beneficio; lo que adquieren, lo pagan con los frutos de su trabajo y en todo lo que consumen, pagan los impuestos del caso, siendo así que aportan a pesar de no recibir. Con su consumo dan trabajo que alimenta a miles de familias, y con sus contribuciones culturales enriquecen los tejidos sociales de las comunidades de las que pacíficamente se vuelven parte. Ojalá la demagogia y politiquería demostrada por muchos alrededor del debate migratorio se viera humanizada con la empatía que demostraba uno de los más grandes íconos conservadores, el presidente Reagan, que en su discurso de despedida describió lo que veía cuando hablaba de la ciudad brillante en la cima de una colina, con una empatía y compasión en su oratoria que eriza la piel. Decía: "veía una ciudad orgullosa, cimentada en piedra, más fuerte que los océanos, acariciada por el viento, bendecida por Dios, rebosante con gente de todo tipo, viviendo en armonía y paz. Una ciudad con puertos libres, donde murmura el comercio y la creatividad, y si hubiera que tener muros, tendrían puertas, y las puertas estarían abiertas a cualquiera con la voluntad y el corazón para venir hasta aquí. Es eso lo que veía y sigo ahora viendo".

*Lic. en Derecho con maestría en Políticas Públicas de Georgetown University.

Columnista de El Diario de Hoy.

@crislopezg