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Un hombre noble

Nadie, de todas las personas que he conocido se compara en bondad y nobleza, con Tino. Lo conocí en 1981, Cuando era una leyenda en El Ejército Revolucionario del Pueblo, ERP, al cual había ingresado siendo casi adolescente.

Nació en Santa Ana. Su padre trabajaba para un poderoso hacendado quien a su vez tenía un hijo casi de su misma edad. Le llamaré Ernesto. Tino y Ernesto se volvieron inseparables. Pero no sé cómo Ernesto, joven rico, se convenció que hacer la revolución era lo más justo. Y se enroló en las filas del ERP.

Le explicó a su amigo las razones de su decisión: ayudar a construir un mundo mejor, donde nadie tuviera que morirse por no tener dinero para pagar atención médica, donde nadie viviera en casitas de lata. Tino, estremecido le dijo "me voy con vos"

Moreno, musculoso, fuerte de cuerpo, mente ágil, espíritu sereno y alma noble, se destacó de inmediato en las más audaces operaciones guerrilleras. Cuando hubo un momento entre 1975 y 1977 en que parecía que el ERP sería desmantelado.

Se requería mucho temple para continuar en los rigores de la clandestinidad bajo la presión del enemigo. No pocos desertaron. Hubo un momento en que Ernesto el hijo del hacendado no pudo más. Un día se fue. Tino continuó.

Son muchos los episodios que destacan el heroísmo de Tino. Uno de los más sobresalientes ocurrió en el golfo de Fonseca. Iba al mando de un comando que transportaba armas desde Nicaragua a El Salvador, en una pequeña lancha ultrarrápida. También iba allí Ana Guadalupe Martínez convocada por la comandancia del ERP para una reunión en el frente. La lancha fue descubierta por embarcaciones artilladas del enemigo. El combate en el mar fue intenso.

La lancha guerrillera naufragó y Ana Guadalupe, que no sabía nadar, se hundió en la negrura del océano. Tino se lanzó al agua y, en medio de balas y bombas, buscó dentro del agua, hasta que encontró y casi ahogada a la comandante. Nadando entre bombas y balazos llegó con la comandante a cuestas a la costa salvadoreña. Por esa acción Tino fue el único combatiente del ERP condecorado como un héroe.

Pero más que la audacia es la nobleza y grandeza de espíritu lo que caracteriza a Tino. Siempre comparte todo, o da incluso cosas que necesita. Siempre tiene una sonrisa y una palabra amable a flor de boca por duras que sean las circunstancias. El fue quien condujo la operación que me sacó, en 1989, del frente de guerra. Estuvimos juntos en una casa clandestina en Tegucigalpa donde me contó, optimista, sus sueños de lo que haría una vez terminada la guerra.

La guerra terminó, pero no hubo nada del sueño de los que nos metimos a la guerra sin ser soldados. Tino emprendió de todo para ganarse la vida. Hasta que un día decidió, como muchos excombatientes, probar suerte en Estados Unidos. Y allá estuvo junto a su esposa trabajando por varios años. Hasta que un día le detectaron una grave enfermedad. Y decidió regresar al país.

Vino hace unos días. Y ahora está en un hospitalito bastante mal. Tino nunca peleó para tener un cargo en el gobierno o para andar presumiendo de su heroísmo. Simplemente hizo lo que creyó que era correcto. Cuando todo terminó no hizo críticas. Sólo se fue.

Su situación me golpea el corazón. Hoy no tenemos dictaduras, ni cárceles clandestinas y nadie es asesinado o exiliado por sus ideas políticas. Ciertamente no vivimos en un paraíso, pero muchas cosas han cambiado para bien desde el fin de la guerra. Y ello se debe, en gran medida, a personas como Tino que llegaron a la guerrilla sin pedir nada y sin pedir nada siguieron el resto de sus vidas.

Desde este espacio hago un llamado, a los exmiembros del ERP, al gobierno del FMLN, (que está allí por combatientes como Tino), a todos los salvadoreños de buen corazón a que ayudemos a Tino a salvar su vida. No lo hagamos por ideología, sino simplemente por solidaridad con un hombre bueno que lo dio todo a cambio de nada.

* Columnista de El Diario de Hoy. marvingaleasp@hotmail.com