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Hollande y sus críticos

"Las cuestiones personales se tratan en privado", ha afirmado François Hollande, presidente de Francia, a los periodistas que le pedían detalles y explicaciones de su recién destapada aventura amorosa con Julie Gayet, con quien solía verse regularmente y a escondidas. Y le asiste la razón.

Más allá de que el piso en el que solía verse con su amante esté a nombre de la mafia corsa, y todas las implicaciones políticas y de seguridad nacional al respecto, la discusión más interesante gira acerca de las implicaciones que un comportamiento ético irresponsable de su presidente, tiene para la vida política en esa nación.

Es de sentido común que una vida privada escandalosa, cuando se trata de un funcionario público, deja de ser "privada", tal como le ha faltado tiempo para argumentar no sólo a sus enemigos políticos, sino a una buena parte de los analistas y formadores de opinión franceses.

En general, la línea de los comentarios es ésta: todos estamos de acuerdo en que un gobernante debe ser intachable, moralmente hablando, en el ejercicio de sus tareas públicas: no se le puede tolerar robar, ni mentir; debe cumplir con la palabra dada y ser leal con quienes le han elegido y con los demás a quienes gobierna. La cuestión cobra un giro interesante cuando se discute si tal ejemplaridad debe manifestarse también en su vida privada.

En el lado de que debe haber separación entre la vida pública y privada del gobernante se apunta, como es de esperarse, el mismo Hollande, quien declaró que se trata de "asuntos privados, dolorosos, pero tengo una máxima: los asuntos privados se resuelven en el ámbito íntimo"; por eso --considera-- cualquier ventilación de los mismos no es más que una falta de respeto o una crítica mal intencionada.

A sus detractores les ha faltado tiempo para responder que el primero que ha faltado el respeto a su mujer, y a sus electores, ha sido él mismo, pues con su conducta ha ofendido no sólo a Valerie Trierweiler sino a la institucionalidad del Estado, pues la Primera Dama posee despacho propio en el Eliseo, asesores y una agenda gubernamental.

De cualquier modo, le dicen, también debería considerarse que la ética en la política debe ser tan exigible en la vida pública como en la privada, porque los valores son tales en cualquier ámbito y la mentira es igual de mentira tanto en la vida pública como en la privada. Cuando un político miente, dicen para ejemplificar, a las diez de la mañana en el Parlamento, o a las once de la noche en el comedor de su casa, miente, y un gobernante, un líder, es alguien que debe generar confianza y no desconfianza.

En el fondo, la discusión gira alrededor de la relación entre ética personal, vida privada y desempeño público. Como apunta Adela Cortina: "un hombre que miente tiene una ética débil, y eso nos tiene que llevar a preguntarnos ¿quién queremos que nos gobierne? ¿Qué le exigimos a quien nos gobierna?".

Siguiendo en la misma línea, y aplicándolo a nuestra realidad social y política: ¿qué le deberíamos exigir en el campo de la moralidad a quienes nos gobiernan? ¿Hasta dónde importa la vida privada de los candidatos, ahora que estamos en un punto álgido de la campaña presidencial en estos pagos?

Si se hiciera una investigación de la vida privada de algunos políticos criollos, sin duda saldrían a la luz irregularidades y contradicciones, y más de alguno saldría bastante mal parado en el asunto… ¿Cuándo estará madura nuestra democracia y nuestros medios de comunicación para algo así? Esperemos que no dentro de mucho tiempo.

*Columnista de El Diario de Hoy.

carlos@mayora.org