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De Hiroshima a El Salvador

Si Japón emergió de las cenizas, El Salvador también puede hacerlo. Sólo tenemos que tener fe en Dios y pensar en nuestro país, en retomar el rumbo del desarrollo, en dejar las pasiones políticas y los proyectos e ideologías fracasados

Esa silueta gris quedó imborrable en la pared y en mi memoria y 20 años después sigue sobrecogiéndome, conmoviéndome e interpelándome.

Como un mudo testigo del horror de la explosión de la bomba atómica sobre Hiroshima, esa sombra es lo único que quedó de una persona  que sin saber lo que venía se aprestaba a entrar al edificio y que en un abrir y cerrar de ojos fue desintegrada por la radiación.

Al estar en ese lugar, en 1995, cuando se recordaba a las más de 140 mil víctimas a los 50 años de esa hecatombe, no pude más que romper a llorar, sobre todo al ver las numerosas fotografías testimoniantes de la mortandad y de los miles de quemados, con la piel hecha jirones y heridos de muerte o con monstruosas lesiones. Cerca está el puente hacia el que los sobrevivientes corrieron para beber agua del río, devorados por un calor infernal de un millón de grados centígrados y con la ciudad en llamas.
Aún existen afectados que viven de manera casi subterránea, llevando las huellas del suplicio nuclear en sus cuerpos heridos o deformados y en sus mentes laceradas por el horror, el miedo y los recuerdos.

El Museo de los Materiales de Guerra de la Bomba, o Memorial de la Paz, mantiene el edificio con el domo o especie de cúpula donde cayó la fatídica “Little boy”, desatando una lluvia de fuego y fuerza mortífera. Está allí reclamando cada día a la humanidad su indiferencia y escasos esfuerzos por la paz.

Hiroshima no es un Chernobyl lúgubre y fantasmal, sino una ciudad resucitada y esplendorosa. De hecho, todo Japón es un ejemplo de levantarse con dignidad y visión tras una guerra. Al igual que Tokio, Hiroshima más parece una moderna urbe occidental, como Londres o París, aunque sus habitantes conservan sus tradiciones ancestrales. Muy cerca está la fábrica de Matsuda, la Mazda, hasta donde no llegaron los efectos de ese apocalipsis el 6 de agosto de 1945.

No es casualidad que el domingo anterior el Papa Francisco haya elevado una plegaria por El Salvador en el contexto de la conmemoración de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. Seguramente le conmueve que miles y miles de salvadoreños mueran cada año como si hubiera una guerra o nos lanzaran bombas que matan a más de 20 personas cada día, incluyendo bebés indefensos.

En la era de los avances tecnológicos y del esplendor de la ciencia y la razón, embarga de espanto, tristeza y vergüenza que ocurran holocaustos como el de Hiroshima, Nagasaki y El Salvador.

En los años 60 y 70, El Salvador fue considerado “el Japón de Centroamérica” por la capacidad de su gente de sobreponerse a las vicisitudes y por su incansable espíritu de trabajo. Los japoneses mismos vinieron a invertir en textiles y creo que hasta a ensamblar autobuses antes de la guerra de los 80.

Si Japón emergió de las cenizas, El Salvador también puede hacerlo. Sólo tenemos que tener fe en Dios y pensar en nuestro país, en retomar el rumbo del desarrollo, en dejar las pasiones políticas y los proyectos e ideologías fracasados, en desterrar los rencores y los viejos resentimientos, en soñar despiertos y luchar por heredarles a nuestros hijos y nietos un país mejor del que conocimos.

Saliendo del Museo de los Materiales de la Bomba, después de firmar el libro de visitas  -–que también tenía la rúbrica del inolvidable Juan Pablo II--, alcancé a escuchar una canción que me resultó conocida, la clásica “Sukiyaki” de Kyu Sakamoto, de 1962, que no tiene nada qué ver con comida sino con sentimientos más sublimes y que, según me la tradujo mi guía Masayo San, dice:

“Miro hacia arriba cuando camino, contando las estrellas con mis ojos llenos de lágrimas, recordando esos días felices de verano, pero esta noche estoy completamente solo… 

“La felicidad descansa entre las nubes, la felicidad descansa sobre el cielo... La tristeza se esconde en la sombra de las lágrimas, la tristeza acecha en la sombra de la luna… Miro hacia arriba cuando camino para que mis lágrimas no caigan…”.

*Editor Subjefe de El Diario de Hoy.